
Nueva Zelanda era uno de los destinos que más ganas tenía de repetir. Raquel y yo encontramos un hueco en nuestra agenda viajera y, aprovechando que Turkish Airlines tuvo una gran deferencia con nosotros y nos facilitó dos billetes en clase Business a un precio imbatible hasta Sídney, allá que nos fuimos.
Desde Sídney, después de pasar la noche en un hotel cercano al aeropuerto, tomamos el vuelo que nos llevó a Auckland y, al tocar suelo neozelandés, me tocó aprender a conducir por la izquierda…
Llovía al llegar al centro de Auckland. Aparqué el coche cerca del hotel y, sin perder tiempo, nos fuimos a pie a recorrer sus calles principales: Queen St. y su muelle, siempre animados a pesar del tiempo. Eso sí, la Sky Tower solo pudimos intuirla entre la niebla.
Cenamos en un restaurante Japonés que se llama Yoshizawa y puedo decir que me encantó probar el Udón (es un tipo de pasta japonesa gruesa y alegremente elástica, algo así como cuerdas blancas hechas de harina de trigo que se dejan abrazar por caldos humeantes o salteados rápidos).
Despues el cansancio y el Jetlag nos pudo y fuimos a descansar a nuestra habitación.
Lagos quietos, montes húmedos y el verde interminable
La salida de Auckland quedó atrás como un murmullo urbano que se disolvía mientras el paisaje se ensanchaba. El cielo prometía agua y la cumplió, pero no importaba; aquel día tenía sabor de ruta.

En Hamilton hice una parada para recorrer sus jardines, un mosaico de mundos reunidos en un mismo recinto.
Después seguí hacia Arapuni, donde el lago se abría silencioso a un costado del camino. Caminé un rato junto al agua, respirando esa luz plana previa a la lluvia, antes de detenerme en el Rhubarb Café, un refugio amable en mitad del verde.
La carretera que vino después fue un ascenso pausado hacia las Mamaku Ranges. La lluvia caía fina, casi ceremoniosa, y el bosque se elevaba en paredes húmedas a ambos lados, como si el mundo se hubiera estrechado para obligarme a mirar.
La subida, sin nombre grandilocuente, tenía la dignidad de los puertos discretos: curva, niebla, altura que apenas se anuncia.
Tras coronar, el paisaje cambió de escala y, más adelante, emergió un horizonte líquido. El lago Taupō se extendía con una serenidad inmensa, acompañado durante kilómetros como quien camina junto a un gigante dormido.
Llegamos a Taupō con esa sensación de haber atravesado varios países en un solo día y nos alojamos en el motel Le Chalet Suisse. Su propietario, de origen chino, nos recibió con una cordialidad que parecía templar incluso la humedad que traíamos del camino.
Después, con el hambre reclamando protagonismo, nos acercamos a Jimmy Coops para una hamburguesa que sabía a premio del viajero.
Cuando terminé, Raquel propuso algo tan simple como necesario: detenernos en un supermercado para aprovisionarnos para los días siguientes. Salimos con agua, zanahorias, patatas fritas y ese surtido inevitable de pequeños salvavidas para los trayectos largos en coche.
Al final de la jornada, entre lluvia, curvas, un lago inmenso y un motel acogedor, el viaje tomó forma. Y yo con él.
Entre gigantes de fuego y una ciudad que despierta
La mañana en Taupō amaneció tranquila, con ese silencio que queda después de una noche de carretera. Antes de despedirnos del lago, detuve el coche en un pequeño claro junto a la orilla. El agua estaba quieta, como si esperara que me decidiera a inmortalizarla. Hice una foto, apenas un gesto, pero sentí que cerraba un capítulo del viaje.
Reanudamos la marcha hacia el sur y el paisaje empezó a elevarse, volviéndose volcánico, áspero en su grandeza. Rodeamos los volcanes del Tongariro, guardianes imponentes que cargan con historias geológicas y también con imaginarios cinematográficos. Allí el mundo tiene un peso antiguo, y uno avanza con la sensación de cruzar una frontera hacia otra época.
Más adelante apareció Ohakune, anunciado por su célebre zanahoria gigante, plantada a las afueras como un guiño monumental. El pueblo parecía construido alrededor de ese orgullo anaranjado. Pasamos sin prisa, dejándonos acompañar por la estampa.

Continuamos hacia el sur y, en Hunterville, hicimos una parada para almorzar en Relish Rangitikei. La sopa de calabaza llegó humeante, con esa calidez que el cuerpo agradece cuando el camino ya pesa un poco más. Fue una pausa breve, pero tuvo el ritmo perfecto para seguir.
La recta final nos llevó a Wellington, donde nos esperaba el DoubleTree by Hilton. La ciudad nos recibió con brisa marina y calles inclinadas, como si quisiera ponernos a prueba desde el primer paso.
Dejamos el equipaje y salimos a caminar hasta Cuba Street, que late con colores, cafés y una energía amable.
Allí, en Golding’s Free Dive, nos tomamos unas cervezas que supieron a llegada. Más tarde rematamos la noche con pizzas, una elección sencilla que encajaba con el cansancio de la ruta y la alegría de estar en una ciudad nueva.
La jornada terminó con la sensación de descenso: desde volcanes solemnes hasta una capital vibrante que nos abría sus calles. Cada día parecía contener varios mundos, y yo iba guardándolos como quien junta pequeñas piedras brillantes en los bolsillos.
Un ferry, una costa salvaje y el primer latido de la Isla Sur
La mañana del ferry empezó temprano, con ese tipo de nervio suave que acompaña a los días de tránsito importante. Dejamos Wellington aún medio adormecida y embarcamos en el Interislander rumbo a Picton, conscientes de que no solo cruzábamos un estrecho, sino que cambiábamos de isla y de ritmo.
La salida de Wellington fue un pequeño espectáculo silencioso. La ciudad se fue replegando poco a poco mientras el agua se abría en una calma engañosa.

Luego llegaron los fiordos, estrechos y verdes, como pasillos de agua entre colinas que parecían inclinarse para mirar pasar el barco. Allí el tiempo se volvió lento, contemplativo, y me quedé apoyado en la borda, dejando que el viento me ordenara los pensamientos.

Picton apareció casi sin avisar, recogida y tranquila, y con ella el inicio de la Isla Sur. Recogimos el coche y pusimos rumbo hacia Kaikōura, con esa emoción contenida de quien sabe que el paisaje va a ir creciendo kilómetro a kilómetro.
La primera parada fue para comer en Raupō, un restaurante que apareció como un hallazgo perfecto en mitad del trayecto, cerca de Blenheim, junto al Taylor River. El lugar tenía esa estética cuidada pero sin pretensión, y la comida fue una pausa consciente, saboreada sin prisas, como si el cuerpo también necesitara adaptarse a la nueva isla.

De nuevo en la carretera, el paisaje empezó a transformarse. A medida que avanzábamos hacia el sur, el océano comenzó a insinuarse, primero como una presencia lejana y luego como un compañero constante. La carretera se pegó a la costa y, de pronto, apareció el tren, avanzando paralelo al mar, como si alguien hubiera decidido coreografiar aquel tramo para el viajero.

Empezamos a detenernos sin plan previo. Una playa, unas rocas, un claro desde el que el Pacífico se extendía en silencio. En varias de esas paradas bajamos del coche y caminamos hacia la orilla. Allí estaban las focas, tumbadas sobre las rocas con una naturalidad absoluta, indiferentes a nuestra fascinación.

Al fondo, cerrando la escena, se alzaban montañas con las cumbres aún nevadas, una imagen que parecía cuidadosamente compuesta, demasiado perfecta para no detenerse a mirarla con calma. Mar, fauna salvaje, tren, montaña. Todo en un mismo encuadre, como si la Isla Sur hubiera decidido presentarse sin rodeos.

Llegamos a Kaikōura cuando la luz empezaba a suavizarse. Nos alojamos en el Bella Vista Motel, sencillo y cómodo, justo lo que necesitábamos tras un día largo y lleno de estímulos. Dejamos las cosas, respiramos hondo y entendí que algo había cambiado. El viaje ya no era solo movimiento; era contemplación.
Aquella noche me fui a dormir con el sonido del océano aún rondándome la cabeza y la sensación clara de haber entrado en otro capítulo de Nueva Zelanda, uno más salvaje, más abierto, más esencial.
De focas en la arena a lagos de otro color
Salimos de Kaikōura temprano, con el aire aún frío y el mar desperezándose a nuestra espalda. Apenas habíamos avanzado unos minutos cuando, casi como una despedida improvisada, aparecieron varias focas tumbadas directamente sobre la arena.
Raquel me pidió parar y no hizo falta insistir. Bajamos del coche y allí se quedó, sorprendida, acercándose con cuidado, haciendo fotos, todavía incrédula ante la naturalidad con la que aquellos animales compartían el espacio. Verlas tan cerca, sin vallas ni artificios, fue uno de esos momentos que no se buscan y por eso se recuerdan.
Retomamos la ruta y paramos a desayunar en Harris Farms, en Cheviot. El lugar tenía ese aire honesto de los sitios que hacen bien lo que hacen. Mientras desayunábamos, nos explicaron su labor trabajando con productos locales, cuidando el origen y el proceso. Fue un alto sencillo, pero con contenido, de los que alimentan algo más que el cuerpo.
La carretera que vino después fue, sin exagerar, una de las más bonitas del viaje. La grabé con la GoPro en el techo del coche, dejando que la primavera hiciera lo suyo: verdes intensos, colinas abiertas y esa sensación de amplitud que solo aparece cuando el paisaje no necesita adornos. Conducir allí era casi una forma de meditar.
Más adelante hicimos otra parada inesperada, esta vez para observar una manada de ciervos en Ardleigh Farm, de la familia Hudson.
Los animales se movían con calma, como si el tiempo tuviera otra densidad en ese lugar. Nos quedamos unos minutos en silencio, simplemente mirando.
La llegada al lago Tekapo fue uno de esos golpes visuales que obligan a detenerse. La ruta escénica que nos llevó hasta allí parecía diseñada para preparar la mirada. El color del agua, casi irreal, contrastaba con las montañas y el cielo abierto. Fue allí donde me di cuenta, con cierta tristeza, de que en el parabrisas había quedado el rastro de un pequeño pájaro atropellado. Un detalle mínimo, pero suficiente para recordar que incluso en los paisajes más perfectos, el viaje también deja huellas.

Cerca del lago, hice varias fotos de Raquel frente a la iglesia del Buen Pastor, recortada contra el paisaje como un símbolo de quietud y proporción. Todo allí parecía estar en su sitio, sin exceso.

Seguimos después por Pukaki Ward, con el lago Pukaki acompañándonos, ese azul lechoso que parece no agotarse nunca.

El día iba cayendo despacio cuando llegamos a Twizel y nos alojamos en el High Country Lodge, Motels & Backpackers. El cansancio era del bueno, el que se mezcla con la satisfacción de haber cruzado otro fragmento esencial del país.
Aquella noche, rodeado de silencio y de espacio, entendí que la Isla Sur no se recorría, se absorbía poco a poco.
Entre aguas perfectas y tierras abiertas
El día empezó sin prisas en Twizel, con la promesa tranquila de no tener que correr. Desayunamos en la piscifactoría de salmón de la zona, un lugar tan funcional como honesto. Allí probé el mejor sashimi de salmón de mi vida, fresco hasta el punto de parecer recién inventado. Textura limpia, sabor puro, sin necesidad de adornos. Con la energía restablecida y el ánimo en su sitio, volvimos a la carretera.
Nos adentramos en el distrito de Mackenzie, una extensión abierta donde el paisaje se estira sin obstáculos. Colinas suaves, cielos amplios y esa sensación constante de estar atravesando un territorio que no necesita explicaciones.
En un momento dado cruzamos una finca privada donde el acceso se resolvía con un gesto de confianza: dejar algo de dinero en un buzón y continuar. Más adelante aparecieron unas formaciones montañosas inesperadas, conocidas como los Clay Cliffs, a las que algunos llaman los Peines. Caminamos sobre ellas, entre crestas erosionadas y líneas imposibles, como si el terreno se hubiera detenido a medio hacer.
Desde allí continuamos hacia Omarama y afrontamos después el paso de Summit, donde la carretera vuelve a ganar altura y el paisaje se reorganiza una vez más.

Cada curva parecía una transición silenciosa hacia otro escenario.
El almuerzo nos esperaba en Cromwell, en The Stoaker, y fue una sorpresa mayúscula. Allí la comida se cocina a la brasa dentro de antiguas barricas de vino, un método tan peculiar como efectivo. El resultado fue intenso, profundo, con ese sabor limpio que solo da el fuego bien entendido. Comimos increíblemente bien, conscientes de que aquel almuerzo elevaba todo el día.
Con el estómago satisfecho y el ánimo alto, retomamos la ruta.
El río Kawarau apareció crecido, encajado en su garganta, avanzando con una fuerza hipnótica que nos acompañó durante varios kilómetros. El contraste entre el agua turquesa y las paredes de roca hacía imposible no detener la mirada.
La carretera nos llevó finalmente hasta Queenstown, donde nos alojamos en el Melbourne Lodge. Dejamos el coche y salimos a pasear, todavía con algo de luz, para dejarnos envolver por el ambiente del pueblo. Caminamos hasta el muelle justo a tiempo para ver entrar el ferry de vapor, avanzando despacio, como una postal en movimiento.
Recorrimos algunas tiendas sin rumbo fijo y el cansancio empezó a hacerse notar. A media tarde hicimos una merienda sencilla pero definitiva: mi dulce favorito, un éclair, suficiente para dar por cerrado el día. Perdimos la cena sin remordimientos y volvimos al alojamiento a descansar.
Aquella noche, Queenstown se quedó al otro lado de la ventana. Yo me dormí con la sensación de haber atravesado un territorio amplio y generoso, como si el día hubiera contenido varios viajes en uno solo.
Donde el paisaje lo dijo todo
Aquel día no necesitó presentación. Desde el primer kilómetro supe que estaba a punto de ver algunos de los mejores paisajes de mi vida. Salimos de Queenstown siguiendo el lago Wakatipu, y la carretera empezó a desplegarse como una sucesión de miradores naturales, uno tras otro, sin dar tregua.
Nos detuvimos en Bobs Cove Track, donde el agua se recogía en una calma casi irreal y el entorno invitaba a bajar el ritmo. Caminé un poco, respiré hondo y entendí que allí no había nada que mejorar.

Seguimos avanzando hacia Glenorchy, parando en cuantos miradores el cuerpo pedía. Montañas afiladas, el lago extendiéndose como una lámina viva y una sensación constante de estar dentro de una imagen que se resiste a ser capturada del todo.

Glenorchy apareció sereno, recogido, casi tímido frente a la grandeza que lo rodea. No hizo falta más que caminar un poco y mirar alrededor para sentir que habíamos llegado a un lugar especial.


Deshicimos el camino de vuelta a Queenstown y continuamos hasta Arrowtown. Allí bajamos el ritmo de nuevo, caminando por sus calles, entre casas bajas y detalles que conservan el pulso del pasado. Fue un paseo tranquilo, de los que se disfrutan sin reloj.

La carretera volvió a elevarse al cruzar un puerto de montaña recién nevado rumbo a Wānaka. El contraste entre la nieve reciente y el cielo limpio daba al paisaje una claridad casi cortante. Al llegar al lago, me acerqué a ver su árbol, solitario y perfectamente situado, como si alguien lo hubiera dejado allí a propósito.


De regreso, hicimos una última parada en Cardrona. Allí se encuentra el conocido Bra Fence, un monumento improvisado que comenzó como un gesto espontáneo y terminó convirtiéndose en un símbolo ligado a la concienciación sobre el cáncer de mama. Sujetadores de todos los colores colgaban junto a la carretera, formando una escena inesperada y cargada de significado. Muy cerca, el antiguo Cardrona Hotel mantenía intacto su aire detenido en el tiempo.
Volvimos finalmente a nuestro alojamiento en Queenstown con la sensación de haber agotado la capacidad de asombro por ese día. Paisajes imposibles, carreteras que no pedían prisa y la certeza de que algunas imágenes ya se habían quedado para siempre.
De madrugada hacia el fiordo
Tras la última noche en Queenstown, salimos muy temprano, alrededor de las cuatro de la madrugada. La carretera hacia Milford Sound tenía algunos tramos cerrados y debíamos llegar antes de las once para embarcar en el ferry que recorre el fiordo. No era una salida cualquiera: el día venía marcado por el reloj y por la necesidad de adelantarse al camino. A esa hora, Nueva Zelanda era un territorio casi vacío. Condujimos en silencio, acompañados únicamente por la luz de los faros y la línea blanca que se iba desplegando ante nosotros, como si el país aún estuviera dormido.

Un desayuno y un encuentro en Te Anau
Al amanecer llegamos a Te Anau y paramos a desayunar. El pueblo comenzaba a desperezarse con calma, ajeno a nuestra urgencia. En el local conocimos a Karma, un guía como yo, aunque con una diferencia fundamental: él hacía esa misma ruta cada día.

Conducía una furgoneta de nueve plazas llena de turistas y se notaba que conocía el camino al detalle. Aproveché para preguntarle por el estado de la carretera y pedirle algunos consejos.
Hablaba con la serenidad de quien ya no necesita comprobar nada. Al despedirnos, me dijo que si quería lo siguiera. Sonreí y decliné la oferta. Conducía como las balas y a nosotros nos apetecía otro ritmo, uno más atento al paisaje, más dispuesto a detenerse.
La carretera como viaje
Y el paisaje no tardó en exigirlo. Tras dejar atrás Te Anau, la carretera se abre primero en los amplios valles del Eglinton, con praderas extensas, ríos tranquilos y montañas lejanas que parecen sostener el cielo. Allí el mundo se ensancha y la mirada descansa. Paramos varias veces, simplemente porque era imposible no hacerlo.

Más adelante, el valle se estrecha y el bosque toma el relevo. Los Mirror Lakes aparecen casi sin avisar, pequeños y oscuros, reflejando las montañas circundantes con una precisión delicada. Un poco después, el lago Gunn ofrece una pausa distinta, recogida, rodeada de árboles altos y silencio húmedo. Caminamos un rato, hicimos fotos y dejamos que el tiempo se estirara.

La ruta continuó hacia The Chasm, donde el agua ha ido tallando la roca durante siglos. El río avanza encajonado, ruidoso, creando pasillos pulidos que contrastan con la quietud del bosque. Cada parada añadía una capa nueva al viaje, como si el camino quisiera mostrarse en todas sus formas antes de llegar al destino.

Nieve antes del túnel
Poco antes del túnel, el paisaje se volvió más severo. Las paredes se elevaron casi verticales y, sin previo aviso, empezó a nevar. Una nevada intensa, casi espectacular, con copos grandes cayendo con decisión. La carretera se volvió blanca en cuestión de minutos y el entorno adquirió una belleza difícil de explicar. Fue un regalo breve y concentrado, que duró hasta poco antes de descender hacia el nivel del mar, donde la nieve se transformó de nuevo en lluvia.
El túnel fue un umbral abrupto, oscuro y húmedo, excavado directamente en la montaña. Al salir, Milford Sound apareció de golpe, sin transición posible.
Milford Sound desde el agua
Aparcamos y fuimos los últimos en embarcar, literalmente a un minuto de que el ferry zarpara. El barco resultó ser una sorpresa agradable: amplio, cómodo, con café y chocolate caliente disponibles durante todo el recorrido, como si alguien hubiera entendido perfectamente lo que necesitaba el viajero tras una mañana así.
Subimos a cubierta y el fiordo empezó a desplegarse poco a poco. Montañas que caen a plomo sobre el agua, paredes verticales cubiertas de vegetación y cascadas que surgían de la nada. Navegamos hacia el Mar de Tasmania acompañados por esa sensación de insignificancia que no abruma, sino que ordena.

El agua oscura, el cielo cambiante y la escala del lugar hacían innecesario cualquier comentario. A la vuelta, el fiordo se dejó recorrer de nuevo con la misma solemnidad, como si quisiera asegurarse de que no olvidáramos nada.

El kea y el regreso a Te Anau
De regreso a Te Anau, ya con la luz cayendo, apareció uno de los encuentros más inesperados del día. Conocimos al kea, el único loro alpino del planeta. Inteligente, juguetón y descaradamente curioso, se subió al techo de nuestro coche, inspeccionándolo con total desparpajo. Nos hizo reír, nos obligó a detenernos y nos recordó que en Nueva Zelanda la naturaleza no siempre se observa desde lejos; a veces se acerca sin pedir permiso.
Cena sin pretensiones

Llegamos finalmente al motel Anchorage. Tras aparcar el coche y dejar las cosas, salimos a cenar a un restaurante italiano cercano. Allí conocimos a una mujer indígena, divertida, llena de energía, con tatuajes tribales que parecían contar historias por sí solos. Compartimos risas, comentarios espontáneos y un ambiente relajado que compensó con creces una pizza mejorable. No fue una gran cena, pero sí un gran cierre para el día.
Un abrigo olvidado y una decisión inesperada
La mañana empezó con una pequeña revelación doméstica: el abrigo se había quedado en el hotel de Queenstown. No era un detalle menor, y menos en el sur de Nueva Zelanda. Tras llamar y confirmar que seguía allí, decidimos hacer un alto en el camino. No era un desvío caprichoso: Queenstown quedaba de paso hacia nuestro destino final, Franz Josef. Agradecimos la ayuda, recogimos el abrigo y retomamos la ruta, como si el viaje nos hubiera concedido una segunda oportunidad para mirar.
De nuevo por el Crown Range Road
Por tercera vez cruzamos el Crown Range Road, el puerto de montaña que conecta Queenstown con Wānaka. Esta vez la nieve ya se había derretido y el paisaje mostraba otra cara, más abierta, menos dramática, pero igual de sugerente. No paramos a saludar al famoso árbol del lago, pero el día nos tenía reservado otro regalo.
El viento y la inmensidad del lago Hāwea

El lago Hāwea apareció de repente, amplio, desbordado de luz y movimiento. El viento corría con fuerza, levantando el agua y dibujando texturas cambiantes sobre la superficie. A pesar del viento, o quizá gracias a él, fue uno de los lugares más bonitos que he visto en mi vida. Nos detuvimos allí un buen rato, simplemente observando, dejando que el paisaje hiciera su trabajo sin necesidad de palabras.
Almuerzo en Hawea Store & Kitchen
El hambre terminó por imponerse y paramos a almorzar en Hawea Store & Kitchen. Una hamburguesa contundente, acompañada por un cartucho de patatas fritas tan generoso como inesperado, fue justo lo que necesitábamos. Comida sencilla, sin pretensiones, perfecta para seguir en carretera.

Continuamos después hacia el Mount Aspiring National Park. El entorno se volvió más húmedo, más verde, más vertical. Nos detuvimos en varios senderos cortos para ver cascadas que caían con decisión entre la vegetación, recordándonos que aquí el agua es parte del paisaje, no un accidente. Caminatas breves, miradas largas y la sensación constante de estar atravesando un territorio que se ofrece sin alardes.
El encuentro con el Mar de Tasmania
La llegada al Mar de Tasmania marcó otro cambio de registro. El interior montañoso quedó atrás y el océano apareció abierto, poderoso. Paseamos por la reserva de Tauparikaka, dejando que el sonido del mar y el aire salino reajustaran el cuerpo después de tantas horas de carretera. Fue un final de día tranquilo, casi ceremonial.


Frente al glaciar
Llegamos finalmente a nuestro alojamiento con vistas directas al glaciar, el Glacier View Motel. Desde allí, el paisaje se imponía incluso sin moverse del sitio. Dejamos el coche, entramos en la habitación y miramos hacia fuera, conscientes de haber cruzado montañas, lagos, viento y mar en una sola jornada.
Aquel día terminó con una certeza silenciosa: el viaje seguía ampliándose, no en kilómetros, sino en capas. Y la Isla Sur, una vez más, había vuelto a cambiar de rostro.





































































Llegó nuestra adolescencia y se empezó a torcer la cosa. Sobraba más y faltaba equilibrio para compensar quizás las carencias de la generación paterna.
