🥾 Mi último viaje a Nueva Zelanda: naturaleza que te deja sin palabras

Hombre con brazos abiertos y detrás paisaje


Nueva Zelanda era uno de los destinos que más ganas tenía de repetir. Raquel y yo encontramos un hueco en nuestra agenda viajera y, aprovechando que Turkish Airlines tuvo una gran deferencia con nosotros y nos facilitó dos billetes en clase Business a un precio imbatible hasta Sídney, allá que nos fuimos.

 

Desde Sídney, después de pasar la noche en un hotel cercano al aeropuerto, tomamos el vuelo que nos llevó a Auckland y, al tocar suelo neozelandés, me tocó aprender a conducir por la izquierda…

Llovía al llegar al centro de Auckland. Aparqué el coche cerca del hotel y, sin perder tiempo, nos fuimos a pie a recorrer sus calles principales: Queen St. y su muelle, siempre animados a pesar del tiempo. Eso sí, la Sky Tower solo pudimos intuirla entre la niebla.

Cenamos en un restaurante Japonés que se llama Yoshizawa y puedo decir que me encantó probar el Udón (es un tipo de pasta japonesa gruesa y alegremente elástica, algo así como cuerdas blancas hechas de harina de trigo que se dejan abrazar por caldos humeantes o salteados rápidos).

Despues el cansancio y el Jetlag nos pudo y fuimos a descansar a nuestra habitación.

Lagos quietos, montes húmedos y el verde interminable

La salida de Auckland quedó atrás como un murmullo urbano que se disolvía mientras el paisaje se ensanchaba. El cielo prometía agua y la cumplió, pero no importaba; aquel día tenía sabor de ruta.

Hamitong Gardens NZ

En Hamilton hice una parada para recorrer sus jardines, un mosaico de mundos reunidos en un mismo recinto.

Después seguí hacia Arapuni, donde el lago se abría silencioso a un costado del camino. Caminé un rato junto al agua, respirando esa luz plana previa a la lluvia, antes de detenerme en el Rhubarb Café, un refugio amable en mitad del verde.

La carretera que vino después fue un ascenso pausado hacia las Mamaku Ranges. La lluvia caía fina, casi ceremoniosa, y el bosque se elevaba en paredes húmedas a ambos lados, como si el mundo se hubiera estrechado para obligarme a mirar.

La subida, sin nombre grandilocuente, tenía la dignidad de los puertos discretos: curva, niebla, altura que apenas se anuncia.

Tras coronar, el paisaje cambió de escala y, más adelante, emergió un horizonte líquido. El lago Taupō se extendía con una serenidad inmensa, acompañado durante kilómetros como quien camina junto a un gigante dormido.

Llegamos a Taupō con esa sensación de haber atravesado varios países en un solo día y nos alojamos en el motel Le Chalet Suisse. Su propietario, de origen chino, nos recibió con una cordialidad que parecía templar incluso la humedad que traíamos del camino.

Después, con el hambre reclamando protagonismo, nos acercamos a Jimmy Coops para una hamburguesa que sabía a premio del viajero.


Cuando terminé, Raquel propuso algo tan simple como necesario: detenernos en un supermercado para aprovisionarnos para los días siguientes. Salimos con agua, zanahorias, patatas fritas y ese surtido inevitable de pequeños salvavidas para los trayectos largos en coche.

Al final de la jornada, entre lluvia, curvas, un lago inmenso y un motel acogedor, el viaje tomó forma. Y yo con él.

Entre gigantes de fuego y una ciudad que despierta

La mañana en Taupō amaneció tranquila, con ese silencio que queda después de una noche de carretera. Antes de despedirnos del lago, detuve el coche en un pequeño claro junto a la orilla. El agua estaba quieta, como si esperara que me decidiera a inmortalizarla. Hice una foto, apenas un gesto, pero sentí que cerraba un capítulo del viaje.

Reanudamos la marcha hacia el sur y el paisaje empezó a elevarse, volviéndose volcánico, áspero en su grandeza. Rodeamos los volcanes del Tongariro, guardianes imponentes que cargan con historias geológicas y también con imaginarios cinematográficos. Allí el mundo tiene un peso antiguo, y uno avanza con la sensación de cruzar una frontera hacia otra época.

Más adelante apareció Ohakune, anunciado por su célebre zanahoria gigante, plantada a las afueras como un guiño monumental. El pueblo parecía construido alrededor de ese orgullo anaranjado. Pasamos sin prisa, dejándonos acompañar por la estampa.

Zanahoria de Ohakune

Continuamos hacia el sur y, en Hunterville, hicimos una parada para almorzar en Relish Rangitikei. La sopa de calabaza llegó humeante, con esa calidez que el cuerpo agradece cuando el camino ya pesa un poco más. Fue una pausa breve, pero tuvo el ritmo perfecto para seguir.

 

La recta final nos llevó a Wellington, donde nos esperaba el DoubleTree by Hilton. La ciudad nos recibió con brisa marina y calles inclinadas, como si quisiera ponernos a prueba desde el primer paso.

Dejamos el equipaje y salimos a caminar hasta Cuba Street, que late con colores, cafés y una energía amable.

Allí, en Golding’s Free Dive, nos tomamos unas cervezas que supieron a llegada. Más tarde rematamos la noche con pizzas, una elección sencilla que encajaba con el cansancio de la ruta y la alegría de estar en una ciudad nueva.

La jornada terminó con la sensación de descenso: desde volcanes solemnes hasta una capital vibrante que nos abría sus calles. Cada día parecía contener varios mundos, y yo iba guardándolos como quien junta pequeñas piedras brillantes en los bolsillos.

Un ferry, una costa salvaje y el primer latido de la Isla Sur

La mañana del ferry empezó temprano, con ese tipo de nervio suave que acompaña a los días de tránsito importante. Dejamos Wellington aún medio adormecida y embarcamos en el Interislander rumbo a Picton, conscientes de que no solo cruzábamos un estrecho, sino que cambiábamos de isla y de ritmo.

La salida de Wellington fue un pequeño espectáculo silencioso. La ciudad se fue replegando poco a poco mientras el agua se abría en una calma engañosa.

Bahía de Wellngton

Luego llegaron los fiordos, estrechos y verdes, como pasillos de agua entre colinas que parecían inclinarse para mirar pasar el barco. Allí el tiempo se volvió lento, contemplativo, y me quedé apoyado en la borda, dejando que el viento me ordenara los pensamientos.

Fiordo Picton

Picton apareció casi sin avisar, recogida y tranquila, y con ella el inicio de la Isla Sur. Recogimos el coche y pusimos rumbo hacia Kaikōura, con esa emoción contenida de quien sabe que el paisaje va a ir creciendo kilómetro a kilómetro.

La primera parada fue para comer en Raupō, un restaurante que apareció como un hallazgo perfecto en mitad del trayecto, cerca de Blenheim, junto al Taylor River. El lugar tenía esa estética cuidada pero sin pretensión, y la comida fue una pausa consciente, saboreada sin prisas, como si el cuerpo también necesitara adaptarse a la nueva isla.

Cerveza en Raupó

De nuevo en la carretera, el paisaje empezó a transformarse. A medida que avanzábamos hacia el sur, el océano comenzó a insinuarse, primero como una presencia lejana y luego como un compañero constante. La carretera se pegó a la costa y, de pronto, apareció el tren, avanzando paralelo al mar, como si alguien hubiera decidido coreografiar aquel tramo para el viajero.

Mujer en via de tren

Empezamos a detenernos sin plan previo. Una playa, unas rocas, un claro desde el que el Pacífico se extendía en silencio. En varias de esas paradas bajamos del coche y caminamos hacia la orilla. Allí estaban las focas, tumbadas sobre las rocas con una naturalidad absoluta, indiferentes a nuestra fascinación.

landscape Montains on the way to Kaikoura

Al fondo, cerrando la escena, se alzaban montañas con las cumbres aún nevadas, una imagen que parecía cuidadosamente compuesta, demasiado perfecta para no detenerse a mirarla con calma. Mar, fauna salvaje, tren, montaña. Todo en un mismo encuadre, como si la Isla Sur hubiera decidido presentarse sin rodeos.

Beach on Pacific Ocean NZ

Llegamos a Kaikōura cuando la luz empezaba a suavizarse. Nos alojamos en el Bella Vista Motel, sencillo y cómodo, justo lo que necesitábamos tras un día largo y lleno de estímulos. Dejamos las cosas, respiramos hondo y entendí que algo había cambiado. El viaje ya no era solo movimiento; era contemplación.

Aquella noche me fui a dormir con el sonido del océano aún rondándome la cabeza y la sensación clara de haber entrado en otro capítulo de Nueva Zelanda, uno más salvaje, más abierto, más esencial.

De focas en la arena a lagos de otro color

Salimos de Kaikōura temprano, con el aire aún frío y el mar desperezándose a nuestra espalda. Apenas habíamos avanzado unos minutos cuando, casi como una despedida improvisada, aparecieron varias focas tumbadas directamente sobre la arena.

Raquel me pidió parar y no hizo falta insistir. Bajamos del coche y allí se quedó, sorprendida, acercándose con cuidado, haciendo fotos, todavía incrédula ante la naturalidad con la que aquellos animales compartían el espacio. Verlas tan cerca, sin vallas ni artificios, fue uno de esos momentos que no se buscan y por eso se recuerdan.

Retomamos la ruta y paramos a desayunar en Harris Farms, en Cheviot. El lugar tenía ese aire honesto de los sitios que hacen bien lo que hacen. Mientras desayunábamos, nos explicaron su labor trabajando con productos locales, cuidando el origen y el proceso. Fue un alto sencillo, pero con contenido, de los que alimentan algo más que el cuerpo.

La carretera que vino después fue, sin exagerar, una de las más bonitas del viaje. La grabé con la GoPro en el techo del coche, dejando que la primavera hiciera lo suyo: verdes intensos, colinas abiertas y esa sensación de amplitud que solo aparece cuando el paisaje no necesita adornos. Conducir allí era casi una forma de meditar.

Más adelante hicimos otra parada inesperada, esta vez para observar una manada de ciervos en Ardleigh Farm, de la familia Hudson.

Los animales se movían con calma, como si el tiempo tuviera otra densidad en ese lugar. Nos quedamos unos minutos en silencio, simplemente mirando.

La llegada al lago Tekapo fue uno de esos golpes visuales que obligan a detenerse. La ruta escénica que nos llevó hasta allí parecía diseñada para preparar la mirada. El color del agua, casi irreal, contrastaba con las montañas y el cielo abierto. Fue allí donde me di cuenta, con cierta tristeza, de que en el parabrisas había quedado el rastro de un pequeño pájaro atropellado. Un detalle mínimo, pero suficiente para recordar que incluso en los paisajes más perfectos, el viaje también deja huellas.

Tekapo Iglesia del Buen Pastor Montañas nevadas en Tekapo

Cerca del lago, hice varias fotos de Raquel frente a la iglesia del Buen Pastor, recortada contra el paisaje como un símbolo de quietud y proporción. Todo allí parecía estar en su sitio, sin exceso.

Tekapo Mountains

Seguimos después por Pukaki Ward, con el lago Pukaki acompañándonos, ese azul lechoso que parece no agotarse nunca.

Lago Pukaki

El día iba cayendo despacio cuando llegamos a Twizel y nos alojamos en el High Country Lodge, Motels & Backpackers. El cansancio era del bueno, el que se mezcla con la satisfacción de haber cruzado otro fragmento esencial del país.

Aquella noche, rodeado de silencio y de espacio, entendí que la Isla Sur no se recorría, se absorbía poco a poco.

Entre aguas perfectas y tierras abiertas

El día empezó sin prisas en Twizel, con la promesa tranquila de no tener que correr. Desayunamos en la piscifactoría de salmón de la zona, un lugar tan funcional como honesto. Allí probé el mejor sashimi de salmón de mi vida, fresco hasta el punto de parecer recién inventado. Textura limpia, sabor puro, sin necesidad de adornos. Con la energía restablecida y el ánimo en su sitio, volvimos a la carretera.

Nos adentramos en el distrito de Mackenzie, una extensión abierta donde el paisaje se estira sin obstáculos. Colinas suaves, cielos amplios y esa sensación constante de estar atravesando un territorio que no necesita explicaciones.

En un momento dado cruzamos una finca privada donde el acceso se resolvía con un gesto de confianza: dejar algo de dinero en un buzón y continuar. Más adelante aparecieron unas formaciones montañosas inesperadas, conocidas como los Clay Cliffs, a las que algunos llaman los Peines. Caminamos sobre ellas, entre crestas erosionadas y líneas imposibles, como si el terreno se hubiera detenido a medio hacer.

Desde allí continuamos hacia Omarama y afrontamos después el paso de Summit, donde la carretera vuelve a ganar altura y el paisaje se reorganiza una vez más.

Sumit

Cada curva parecía una transición silenciosa hacia otro escenario.

El almuerzo nos esperaba en Cromwell, en The Stoaker, y fue una sorpresa mayúscula. Allí la comida se cocina a la brasa dentro de antiguas barricas de vino, un método tan peculiar como efectivo. El resultado fue intenso, profundo, con ese sabor limpio que solo da el fuego bien entendido. Comimos increíblemente bien, conscientes de que aquel almuerzo elevaba todo el día.

Con el estómago satisfecho y el ánimo alto, retomamos la ruta.

El río Kawarau apareció crecido, encajado en su garganta, avanzando con una fuerza hipnótica que nos acompañó durante varios kilómetros. El contraste entre el agua turquesa y las paredes de roca hacía imposible no detener la mirada.

La carretera nos llevó finalmente hasta Queenstown, donde nos alojamos en el Melbourne Lodge. Dejamos el coche y salimos a pasear, todavía con algo de luz, para dejarnos envolver por el ambiente del pueblo. Caminamos hasta el muelle justo a tiempo para ver entrar el ferry de vapor, avanzando despacio, como una postal en movimiento.

Recorrimos algunas tiendas sin rumbo fijo y el cansancio empezó a hacerse notar. A media tarde hicimos una merienda sencilla pero definitiva: mi dulce favorito, un éclair, suficiente para dar por cerrado el día. Perdimos la cena sin remordimientos y volvimos al alojamiento a descansar.

Aquella noche, Queenstown se quedó al otro lado de la ventana. Yo me dormí con la sensación de haber atravesado un territorio amplio y generoso, como si el día hubiera contenido varios viajes en uno solo.

Donde el paisaje lo dijo todo

Aquel día no necesitó presentación. Desde el primer kilómetro supe que estaba a punto de ver algunos de los mejores paisajes de mi vida. Salimos de Queenstown siguiendo el lago Wakatipu, y la carretera empezó a desplegarse como una sucesión de miradores naturales, uno tras otro, sin dar tregua.

Nos detuvimos en Bobs Cove Track, donde el agua se recogía en una calma casi irreal y el entorno invitaba a bajar el ritmo. Caminé un poco, respiré hondo y entendí que allí no había nada que mejorar.

Bobs Cove Track

Seguimos avanzando hacia Glenorchy, parando en cuantos miradores el cuerpo pedía. Montañas afiladas, el lago extendiéndose como una lámina viva y una sensación constante de estar dentro de una imagen que se resiste a ser capturada del todo.

Mujer junto lago

Glenorchy apareció sereno, recogido, casi tímido frente a la grandeza que lo rodea. No hizo falta más que caminar un poco y mirar alrededor para sentir que habíamos llegado a un lugar especial.

Camino a Glenorchy

Lago y Montañas nevadas

Deshicimos el camino de vuelta a Queenstown y continuamos hasta Arrowtown. Allí bajamos el ritmo de nuevo, caminando por sus calles, entre casas bajas y detalles que conservan el pulso del pasado. Fue un paseo tranquilo, de los que se disfrutan sin reloj.

Arrowtown

La carretera volvió a elevarse al cruzar un puerto de montaña recién nevado rumbo a Wānaka. El contraste entre la nieve reciente y el cielo limpio daba al paisaje una claridad casi cortante. Al llegar al lago, me acerqué a ver su árbol, solitario y perfectamente situado, como si alguien lo hubiera dejado allí a propósito.

puerto de montaña y mujer

Árbol Wanaka

De regreso, hicimos una última parada en Cardrona. Allí se encuentra el conocido Bra Fence, un monumento improvisado que comenzó como un gesto espontáneo y terminó convirtiéndose en un símbolo ligado a la concienciación sobre el cáncer de mama. Sujetadores de todos los colores colgaban junto a la carretera, formando una escena inesperada y cargada de significado. Muy cerca, el antiguo Cardrona Hotel mantenía intacto su aire detenido en el tiempo.

Volvimos finalmente a nuestro alojamiento en Queenstown con la sensación de haber agotado la capacidad de asombro por ese día. Paisajes imposibles, carreteras que no pedían prisa y la certeza de que algunas imágenes ya se habían quedado para siempre.

De madrugada hacia el fiordo

Tras la última noche en Queenstown, salimos muy temprano, alrededor de las cuatro de la madrugada. La carretera hacia Milford Sound tenía algunos tramos cerrados y debíamos llegar antes de las once para embarcar en el ferry que recorre el fiordo. No era una salida cualquiera: el día venía marcado por el reloj y por la necesidad de adelantarse al camino. A esa hora, Nueva Zelanda era un territorio casi vacío. Condujimos en silencio, acompañados únicamente por la luz de los faros y la línea blanca que se iba desplegando ante nosotros, como si el país aún estuviera dormido.

Ovejas en NZ

Un desayuno y un encuentro en Te Anau

Al amanecer llegamos a Te Anau y paramos a desayunar. El pueblo comenzaba a desperezarse con calma, ajeno a nuestra urgencia. En el local conocimos a Karma, un guía como yo, aunque con una diferencia fundamental: él hacía esa misma ruta cada día.

Paisaje Sur NZ

Conducía una furgoneta de nueve plazas llena de turistas y se notaba que conocía el camino al detalle. Aproveché para preguntarle por el estado de la carretera y pedirle algunos consejos.

Hablaba con la serenidad de quien ya no necesita comprobar nada. Al despedirnos, me dijo que si quería lo siguiera. Sonreí y decliné la oferta. Conducía como las balas y a nosotros nos apetecía otro ritmo, uno más atento al paisaje, más dispuesto a detenerse.

La carretera como viaje

Y el paisaje no tardó en exigirlo. Tras dejar atrás Te Anau, la carretera se abre primero en los amplios valles del Eglinton, con praderas extensas, ríos tranquilos y montañas lejanas que parecen sostener el cielo. Allí el mundo se ensancha y la mirada descansa. Paramos varias veces, simplemente porque era imposible no hacerlo.

Milford Sound road

Más adelante, el valle se estrecha y el bosque toma el relevo. Los Mirror Lakes aparecen casi sin avisar, pequeños y oscuros, reflejando las montañas circundantes con una precisión delicada. Un poco después, el lago Gunn ofrece una pausa distinta, recogida, rodeada de árboles altos y silencio húmedo. Caminamos un rato, hicimos fotos y dejamos que el tiempo se estirara.

mirror lake

La ruta continuó hacia The Chasm, donde el agua ha ido tallando la roca durante siglos. El río avanza encajonado, ruidoso, creando pasillos pulidos que contrastan con la quietud del bosque. Cada parada añadía una capa nueva al viaje, como si el camino quisiera mostrarse en todas sus formas antes de llegar al destino.

Río

Nieve antes del túnel

Poco antes del túnel, el paisaje se volvió más severo. Las paredes se elevaron casi verticales y, sin previo aviso, empezó a nevar. Una nevada intensa, casi espectacular, con copos grandes cayendo con decisión. La carretera se volvió blanca en cuestión de minutos y el entorno adquirió una belleza difícil de explicar. Fue un regalo breve y concentrado, que duró hasta poco antes de descender hacia el nivel del mar, donde la nieve se transformó de nuevo en lluvia.

El túnel fue un umbral abrupto, oscuro y húmedo, excavado directamente en la montaña. Al salir, Milford Sound apareció de golpe, sin transición posible.

Milford Sound desde el agua

Aparcamos y fuimos los últimos en embarcar, literalmente a un minuto de que el ferry zarpara. El barco resultó ser una sorpresa agradable: amplio, cómodo, con café y chocolate caliente disponibles durante todo el recorrido, como si alguien hubiera entendido perfectamente lo que necesitaba el viajero tras una mañana así.

Subimos a cubierta y el fiordo empezó a desplegarse poco a poco. Montañas que caen a plomo sobre el agua, paredes verticales cubiertas de vegetación y cascadas que surgían de la nada. Navegamos hacia el Mar de Tasmania acompañados por esa sensación de insignificancia que no abruma, sino que ordena.

Milford Sound

El agua oscura, el cielo cambiante y la escala del lugar hacían innecesario cualquier comentario. A la vuelta, el fiordo se dejó recorrer de nuevo con la misma solemnidad, como si quisiera asegurarse de que no olvidáramos nada.

Milford Sound

El kea y el regreso a Te Anau

 

De regreso a Te Anau, ya con la luz cayendo, apareció uno de los encuentros más inesperados del día. Conocimos al kea, el único loro alpino del planeta. Inteligente, juguetón y descaradamente curioso, se subió al techo de nuestro coche, inspeccionándolo con total desparpajo. Nos hizo reír, nos obligó a detenernos y nos recordó que en Nueva Zelanda la naturaleza no siempre se observa desde lejos; a veces se acerca sin pedir permiso.

Cena sin pretensiones

Paisaje ocre en NZ

Llegamos finalmente al motel Anchorage. Tras aparcar el coche y dejar las cosas, salimos a cenar a un restaurante italiano cercano. Allí conocimos a una mujer indígena, divertida, llena de energía, con tatuajes tribales que parecían contar historias por sí solos. Compartimos risas, comentarios espontáneos y un ambiente relajado que compensó con creces una pizza mejorable. No fue una gran cena, pero sí un gran cierre para el día.

Un abrigo olvidado y una decisión inesperada

La mañana empezó con una pequeña revelación doméstica: el abrigo se había quedado en el hotel de Queenstown. No era un detalle menor, y menos en el sur de Nueva Zelanda. Tras llamar y confirmar que seguía allí, decidimos hacer un alto en el camino. No era un desvío caprichoso: Queenstown quedaba de paso hacia nuestro destino final, Franz Josef. Agradecimos la ayuda, recogimos el abrigo y retomamos la ruta, como si el viaje nos hubiera concedido una segunda oportunidad para mirar.

De nuevo por el Crown Range Road

Por tercera vez cruzamos el Crown Range Road, el puerto de montaña que conecta Queenstown con Wānaka. Esta vez la nieve ya se había derretido y el paisaje mostraba otra cara, más abierta, menos dramática, pero igual de sugerente. No paramos a saludar al famoso árbol del lago, pero el día nos tenía reservado otro regalo.

El viento y la inmensidad del lago Hāwea

lago Hāwea

El lago Hāwea apareció de repente, amplio, desbordado de luz y movimiento. El viento corría con fuerza, levantando el agua y dibujando texturas cambiantes sobre la superficie. A pesar del viento, o quizá gracias a él, fue uno de los lugares más bonitos que he visto en mi vida. Nos detuvimos allí un buen rato, simplemente observando, dejando que el paisaje hiciera su trabajo sin necesidad de palabras.

 

Almuerzo en Hawea Store & Kitchen

El hambre terminó por imponerse y paramos a almorzar en Hawea Store & Kitchen. Una hamburguesa contundente, acompañada por un cartucho de patatas fritas tan generoso como inesperado, fue justo lo que necesitábamos. Comida sencilla, sin pretensiones, perfecta para seguir en carretera.

Lago Hawea

Cascada

Continuamos después hacia el Mount Aspiring National Park. El entorno se volvió más húmedo, más verde, más vertical. Nos detuvimos en varios senderos cortos para ver cascadas que caían con decisión entre la vegetación, recordándonos que aquí el agua es parte del paisaje, no un accidente. Caminatas breves, miradas largas y la sensación constante de estar atravesando un territorio que se ofrece sin alardes.

El encuentro con el Mar de Tasmania

La llegada al Mar de Tasmania marcó otro cambio de registro. El interior montañoso quedó atrás y el océano apareció abierto, poderoso. Paseamos por la reserva de Tauparikaka, dejando que el sonido del mar y el aire salino reajustaran el cuerpo después de tantas horas de carretera. Fue un final de día tranquilo, casi ceremonial.

Playa en el mAr de Tasmania

Playa Mar Tasmania NZ

Frente al glaciar

Llegamos finalmente a nuestro alojamiento con vistas directas al glaciar, el Glacier View Motel. Desde allí, el paisaje se imponía incluso sin moverse del sitio. Dejamos el coche, entramos en la habitación y miramos hacia fuera, conscientes de haber cruzado montañas, lagos, viento y mar en una sola jornada.

Aquel día terminó con una certeza silenciosa: el viaje seguía ampliándose, no en kilómetros, sino en capas. Y la Isla Sur, una vez más, había vuelto a cambiar de rostro.

Ese día pasó algo pequeño pero se me quedó grabado

Lago Mapourika

A los pocos minutos de salir del motel, sin previo aviso, apareció el lago Mapourika. Paramos casi por inercia y entonces lo vi: un arco iris, limpio, plantado justo frente al embarcadero.

No era espectacular por exceso, sino por oportunidad. Estaba ahí, exacto, como si hubiera salido a despedirse. Fue la primera de muchas paradas en una ruta que ya se anunciaba generosa.

Lagos que se despiden sin hacer ruido

La siguiente fue el lago Matheson, el llamado lago espejo. El reflejo estaba ahí, casi obediente, duplicando el paisaje con una precisión que parecía ensayada.

Lago Matheson

Antes de continuar, fijé la GoPro en el techo del coche. Algo me decía que el tramo que venía merecía ser guardado entero, sin cortes.

go Pro on Car

Cruzamos el río Whataroa y seguimos avanzando entre verde y agua, hasta llegar a Harihari.

Río Whataroa

Allí paramos a tomar un chocolate caliente, uno de esos altos sencillos que no se planean pero que se agradecen.

Chocolate caliente

Al volver al coche ocurrió otra de esas escenas mínimas que se quedan: una especie de gallina salvaje se acercó, caminando a su aire, como si estuviera jugando conmigo. Solo después supe que no era una gallina, sino una weka. En Nueva Zelanda, incluso lo inesperado tiene nombre propio.

La costa vuelve a llamar

Volvimos a encontrarnos con el Mar de Tasmania en la playa de Hokitika. Caminamos por la arena, hicimos fotos y, cómo no, pasamos por su famoso sofá, colocado allí como un gesto absurdo y perfecto frente al océano. Un objeto doméstico plantado ante algo inmenso, como si no hubiera contradicción alguna.

Sofa de Hokitika Beach

Cruzando los Alpes del Sur

Desde ahí, el viaje cambió de registro. Nos adentramos en el Arthur’s Pass National Park por la SH73 y el asombro empezó a repetirse en cada parada.

El Otira Viaduct apareció suspendido en el paisaje, una obra precisa atravesando un territorio que no se deja dominar fácilmente.

Otira Viaduct Lookout

Más adelante, el Castle Hill Basin, en el valle del río Waimakariri, nos obligó a bajar del coche otra vez. Rocas, amplitud y una sensación de espacio que no cabía en las fotos.

Valle del río Waimakariri

Una ciudad para cerrar el círculo

Llegamos a Christchurch ya con la luz cayendo y nos alojamos en el Southwark Hotel, céntrico, práctico y con una habitación diminuta, de esas en las que la maleta hay que colocarla con cierta estrategia. La dejamos donde pudimos y salimos a disfrutar del día de Halloween en el mercado de Riverside, animado, lleno de gente, con ese aire festivo que contrasta con la serenidad de los días de carretera.

Después visitamos la catedral, la catedral de Cartón, subimos al tranvía y dejamos que la ciudad se nos mostrara sin exigir demasiado. Era una jornada de transición, de cierre suave.

Volvimos a descansar sabiendo que al día siguiente tocaría Orana Wildlife Park y, después, el aeropuerto. El viaje por Nueva Zelanda se acercaba a su fin, pero todavía no se había ido del todo. Aún estaba ahí, acompañándonos, como un paisaje que tarda en desaparecer del retrovisor.

Si te ha gustado este viaje, en youtube: SaviturConToon tienes mucho contenido que visualizar.

Mi viaje anterior a Nueva Zelanda


Etiopía, el origen

Etiopía

Etiopía – El origen de la humanidad. El lugar donde dicen proteger las tablas de la ley, de las iglesias excavadas en la roca. Un viaje al corazón de África.

Etiopía

Valle de Lalibela

Vacunas

Cuando me dispuse a ir a Etiopía me recomendaron varias en Sanidad exterior y me las puse todas.

Pero en las zonas que visité en esta ocasión, al estar en una altura media de 3.000 metros es altamente improbable que haya mosquitos que te transmitan enfermedades.

De hecho, fui el único que se vacunó y si lo llego a saber me ahorro el dinero y los paseos además de los efectos secundarios de inocularte bichitos que, aunque débiles, te alteran el sistema inmune.

Etiopía

Catarata de Tisissat

Vegetación

Lo primero que me llamó la atención al sobrevolar el país lo fértil y verde que es.

Toda la enorme meseta central está pintada como en dameros de los diferentes cultivos y pastos: café, maíz, y el oro verde de Etiopía, una droga llamada Khat o Chat.

Es parecida al perejil, pero con los efectos de una anfetamina y que se exporta principalmente al Yemen donde causa furor.

Se tiene que consumir fresca (la mastican) y por ello es frecuente ver camiones cargados a toda velocidad (son un peligro) para entregar la mercancía fresca.

En Etiopía por una cuestión cultural es legal su producción y consumo.

Etiopía

Lago Tana

Altitud

Es un país montañoso y sin llegar a pasarlo mal, cuesta respirar si subes escaleras rápido hasta que te aclimatas.

La temperatura es ideal, de día unos 18 a 20 grados y por la noche por estar tan alto, baja hasta hacer frío.

Etiopía

Camino de Tisissat

Población

Son 100 millones de habitantes (40/50 musulmanes, 30/40% cristianos de la Iglesia ortodoxa etíope y el 12% restante son animistas.

«No hay ningún problema de convivencia entre ellos»

Curiosidades de los cristianos.

Lo que me llamó mucho la atención es que los cristianos allí no consuman cerdo porque su religión está muy influenciada por el judaísmo y se atienen a muchas normas «Kosher».

Etiopía

Atardece en una de las Islas del Lago Tana

Los varones se bautizan a los 40 días y las mujeres a los 80, y se les imponen nombres compuestos de la divinidad o el de algún santo que es mantenido en secreto celosamente para evitar circunstanciales intervenciones mágicas adversas.

Costumbres

El tema del «mal de ojo» se toma en serio y es muy común que acudan a sus sacerdotes para que les bendigan o bien echándoles agua en la cara o pasando una cruz por todo el cuerpo.

Etiopía

Tishoa, lugar de Humo de Agua

Verás cruces por todos lados, las portan todos los cristianos por fuera de la camisa y de tamaño grande.

Etiopía

Catarata de Tisissat

Indumentaria para ir a misa.

En las iglesias no pueden faltar tres elementos:

  1. Un tambor con la piel en los dos lados para recordar durante la liturgia de 3 horas los azotes infringidos a Cristo.
  2. Una vara que la usan para apoyarse como bastón dado lo interminable de sus rezos pero que simboliza la vara de «Moises»
  3. Un objeto metálico que sostienen en la mano y que no recuerdo el nombre.

 

A misa van todos vestidos de blanco y los hombres con turbantes del mismo color simbolizando «la humildad»

Etiopía

Antes del arado Romano, en Etiopía ya sabían arar.

Arquitectura singular.

Es un país de una cultura milenaria y se nota porque en su arquitectura y en su arte, están mucho más avanzados y refinados que sus pueblos hermanos de más al sur.

Concretamente Lalibela es un verdadero espectáculo de virtuosismo de la arquitectura y no es de extrañar que sea «Patrimonio de la humanidad»

Etiopía

Castillo de Gondar

Bailes típicos.

Otro aspecto muy interesante fueron sus danzas.

En Adis Abeba, existen algunos lugares donde podrás asistir a un resumen de los bailes más espectaculares del país y te lo recomiendo absolutamente.

Cuidado con lo que comes allí porque para el folklore son lugares fantásticos pero la comida está muy especiada porque a los clientes locales así les gusta.

Etiopía

Lalibela

Comer

La comida me la esperaba regular. Y la verdad que para una semana es perfecta: lentejas, estofados que llaman «wat» (es el país con más vacas de África).

Nunca esperaba yo (que asociaba Etiopía con hambruna <<que no vi>>, tal cantidad de ganado) vacuno, ovino y gallinas…. En Etiopía toman mucho café y es buenísimo.

Etiopía

Lalibela, Iglesia de San Jorge

ADDIS ABEBA

He de confesaros que no tenía ningún interés en la capital a pesar de que se considera la principal ciudad de Africa y todos los encuentros políticos de sus países se celebran allí.

Visité lógicamente su catedral de San Jorge. Sus museos de Estudios Etíopes.

El Nacional donde se puede visitar a nuestro antepasado homínido más antiguo: Lucy.

Su nombre le es dado, porque cuando se descubrió, estaba de moda una canción de los Beatles: Lucy in the Sky.

BAHER DAR

Fue el lugar que definitivamente me conectó con el África que buscaba.

El atardecer (con puesta de Sol incluida) navegando en una barca por el Lago Tana, «me pagó el viaje».

No dejes de visitar los monasterios que hay entre sus múltiples islas.

Etiopía

Isla Lago Tana

El Nilo azul

Para llegar a las Cataratas de Tisissat, la carretera que te conduce durante 30 km está sin asfaltar y llena de barro, baches y charcos de agua.

A sus lados, caminan lugareños con sus palos a la espalda.

Niños pequeños, mujeres cargando leña bidones, ten la ventanilla de tu microbús abierta y la cámara preparada para observar las labores del campo.

… botarás mucho (es puro bache) pero no te aburres.

Una vez que llegas

Muchos niños te pedirán bolígrafos, caramelos, chocolates y hasta tus gafas de sol…. Lleva algo.

Las chabolas y casas se amontonan al final del trayecto y desde allí deberás caminar un buen tramo y si llovió el día antes prepárate para no resbalar con buen calzado.

El tramo final.

Tendrás que atravesar en barca el Nilo Azul y después si el camino está embarrado te recomiendo encarecidamente que busques a algún voluntario local para que te ayude a caminar hasta la catarata.

Hay tramos que andar sobre palos y por poco dinero, compensa no llegar de barro hasta las cejas. «No digas que no te avisé»

GONDAR

Los arquitectos portugueses dejaron un Castillo durante la cultura Faslida, que te hace pensar que te encuentras en Europa.

Ahora bien, fue la Iglesia de Debre Brhan Selassie, la que atrapó mi corazón con su artesonado de ángeles y sus iconos.

Con un poco de conocimiento sobre los evangelios etíopes que incorporan muchos «apócrifos» harán al entendido disfrutar como un «enano»

Etiopía

Artesonado Iglesia de Debre Brham Selassie

Ojo si viajas a Gondar la noche del sábado al domingo y te alojas en el centro del pueblo, no pegarás ojo.

A partir de las 3 am empiezan por los altavoces a cantar la misa del domingo.

Son 44 iglesias radiando a todo decibelio. «También te avisé»

En la fiesta de la Epifanía, se lleva a cabo una ceremonia en los Baños de los Faslidas que es uno de los más interesantes eventos del planeta Tierra 100% recomendable.

LALIBELA

Etiopía

El plato fuerte de Etiopía y una verdadera maravilla.

Iglesias coptas excavadas en la roca.

A diferencia de Petra, cuyas fachadas, fueron excavadas, se tenía claro la superficie a tratar.

Ellos al excavar la roca desde el techo hacia abajo, corrían el riesgo de que se acabara la piedra antes de llegar a la base del suelo.

También debían calcular a la perfección el tamaño de columnas y techos para que el peso no echara a perder esta maravilla.

Sus pinturas, sus ornamentos, los monjes con sus cruces y vestiduras no te dejarán impávido.

Eso sí, ten en cuenta que entre tanta moqueta y ganado alrededor, las pulgas campan a sus anchas.

Ponte ropa que puedas tirar porque se cuelan hasta la habitación de tu hotel.

Etiopía

Santuario en la Montaña de Lalibela

Ojo con los zapatos.

Otro consejo es que busques a alguien que te ayude a cuidar tus zapatos.

En un lugar donde casi todos llevan zapatos de platico o botas de agua, tus Nike son una tentación.

Además, hay muchas iglesias y tendrás que quitarte y ponerte tus zapatos cada dos por tres para entrar a ellas. Así que mejor calzado sin cordones.

Etiopía

San Jorge en Lalibela

Hay un túnel que conecta dos iglesias que la tradición marca que has de atravesarlo a oscuras como penitencia y así ponerte en lugar de los ciegos por unos minutos.

Procura entrar sólo o con personas que sepan guardar silencio para que no te arruinen la experiencia.

San Jorge con su forma de Cruz es el icono de las iglesias de Lalibela pero para poder fotografiarla con la luz adecuada procura ir al final de la tarde.

Etiopía

Lalibela

A las afueras de Lalibela, en una grieta en una montaña, hay un santuario Mariano dedicado a la Anunciación.

NO TE LO PIERDAS. El lugar es mágico, el monje que lo atiende tiene una mirada que corresponde al entorno y a lo que simboliza.

Pídele que te bendiga…. Me estarás agradecido.

Etiopía

Monje Santuario Virgen de la Anunciación en Lalibela

Si te animas a conocer el país con mayor tradición de África, revisa nuestra página web: Savitur

Tendrás la oportunidad de viajar en grupo desde Málaga y otros puntos de España con total seguridad.

Más sobre el autor

 

Islandia, agua y fuego.

Islandia

Islandia – El país de los caballos, del agua y el fuego. Una isla plena de saltos de agua, cataratas, cascadas y glaciares. Playas de basalto negro, salpicados de diamantes (formaciones de hielo).

La poca variedad de animales que campan en verano por sus prados (en invierno están estabulados), son principalmente: caballos y ovejas.

Islandia

Granja en Skagfjordur. El hombre en perfecta simbiosis con la naturaleza.

Islandia

Libertad absoluta

Islandia

Agua por donde mires.

Islandia

Una de las lenguas de mayor glaciar de Europa Vatnajökull desemboca en esta laguna de Jökulsarlón antes de desaguar al mar Ártico.

Islandia

Gullfoss

Islandia

Islandia en centímetros. Llama la atención la falta de insectos ya que no pueden sobrevivir al rigor del invierno.

Islandia

Motonieve sobre el mayor glaciar de Islandia. ¡¡¡¡¡Divertido a rabiar!!!!!

Islandia

Diamantes de hielo, cubren toda la playa cuando los devuelve el mar tras desembocar en él.

Islandia

Skógafoss.

Islandia

Detifoos, es el mayor salto de agua de Europa. Es difícil de describir, te transporta a los comienzos de la Tierra. Una naturaleza muy mineral.

Islandia

Reynishverfi. Basalto y océano.

Islandia

Hoteles donde relajarte, confortables y una cura para el stress. Muchos son granjas acondicionadas en verano para atender al turismo.

Islandia

Cascada de Hraunfossar, el agua brota de la roca.

Islandia

Prueba el cordero y verás como repites. Yo no suelo probarlo porque tiene el famoso sabor a humillo, pero aquí no tiene ni rastro. la calidad de sus pastos hace que sea un placer de dioses probarlo.

Islandia

Cascada de los dioses.

Islandia

Paseo por la playa, kilómetros de relax. Estuve paseando por horas sin encontrar a nadie. Sólo el sonido del viento y el mar.

Islandia

Vive como Hobbit.

¿Quieres conocer Islandia? ¿Desde Málaga u otros puntos de España? ¿En grupo y con un guía acompañante que se encargue de todo? No dejes de visitar la página web de Savitur: www.savitur.com

¿Más países escandinavos?

Las Batallas de Israel

Israel

En Savitur, mi agencia de viajes, solemos pedir a nuestros viajeros / peregrinos que rellenen un formulario y opinen sobre el viaje que acaban de realizar.

En ese mismo formulario, muestran sus preferencias para próximos viajes y curiosamente muchos nos piden que organicemos un viaje a Israel turístico-cultural.

Israel

Soldados en Massada

¿Por qué quieren repetir destino?

Los que ya conocieron Tierra Santa, tras vivir su peregrinación, han seguido con interés ya en casa, los avatares de la región a través de la prensa.

Recuerdan haber visto en un espacio tan pequeño de terreno y de tiempo, una diversidad tremenda de razas, religiones, ideologías, culturas y todo ello en un ambiente económico muy próspero.

Quieren volver para comprender a este país al que diariamente lo tenemos en medio de todos los conflictos de Oriente Medio. Quieren ir de viaje y hacer preguntas incómodas…. quieren saber.

Israel

Diversidad

Nuestra respuesta.

Tras años de recibir la misma petición, en abril del presente, con un grupo de amigos y de la mano de Yankale Mitrani, presidente de la Asociación de los guías de Israel nos lanzamos al ruedo y configuramos Las Batallas de Israel.

Israel

Yankale Mitrani

Si lo que lees te interesa, si quieres unirte a un grupo de 15 personas en la primera quincena de febrero vamos a empaparnos de Israel.

Te tengo que explicar algunas cosas:

Para entender bien la historia de este país, os lo tenemos que explicar desde sus batallas.

De otra forma este programa no sería coherente. Así que vamos a visitar sus fronteras con Líbano, entrar a sus bunkers en los Altos del Golán y contemplarás Siria desde allí.

También veremos el Negev y nos acercaremos a Gaza.

Israel

La obligatoriedad del servicio militar ha configurado desde el año 1948 el carácter de sus ciudadanos.

Es más, el éxito económico de Israel está basado en su tecnología ya que forzosamente tenían que superar a unos enemigos muy superiores en número.

Hoy sorprende que la mayoría de los asientos de primera clase de los vuelos con destino a Tel Aviv estén ocupados por jóvenes alrededor de 25 años que son unos auténticos gurús de la informática rifados por Google, Intel, Microsoft, HP…

El agua siempre está detrás de todo.

La escasez de agua en la zona, esa otra guerra contra el desierto, les obligo a agudizar el ingenio e inventaron el riego por goteo.

Hoy el Desierto del Neguev es de color verde y tres plantas potabilizadoras en el Mediterráneo han conseguido que el Lago de Galilea esté a su máximo nivel de embalse al dejar de ser la única fuente de agua potable.

Y la energía.

El enfriamiento de sus relaciones con Egipto los ha obligado a hacer prospecciones de gas en sus costas localizando una bolsa que les garantiza independencia energética por 50 años.

Plazo al que no piensan esperar y lo mejor de su ciencia está investigando una alternativa al petróleo….

Israel

Altos del Golán

Start Ups

Un país que nace en 1948 y con solo 7,8 millones de habitantes y cuenta con 14 premios Nobel, ocupa el segundo puesto en el índice tecnológico NASDAQ (el primero es EE. UU)

No es casual. Los jóvenes en Israel con tan solo 18 años (chicos y chicas) acuden al servicio militar y allí deben forzosamente, esmerarse, ser creativos y responsables.

Toman contacto con equipo militar carísimo y de tecnología punta y deben cuidarlo.

No se trata de una mili fácil, y eso se ve reflejado en su maduración al llegar a la Universidad (El tecnológico de Haifa, Tel Aviv y la Universidad Hebrea de Jerusalén se encuentran entre las 50 primeras del mundo).

 -Oiga, a mí no me gusta la vida militar y este viaje parece bastante extremo….

Israel

Soldados de Turismo en Jerusalén

A muchos israelíes por no decir la mayoría tampoco les gusta lo militar.

Es una necesidad-obligación por la que tienen que pasar. Este viaje está perfectamente adaptado a todos los públicos y no hay que ser un «Rambo».

Pretendemos que sea un viaje cultural, turístico en un país que es diferente a los que hayas visitado.

Eso sí, los paisajes que vamos a contemplar son alucinantes.

Su historia apasionante pero el lugar físico, la geografía de sus batallas son imprescindibles para la comprensión total del país y de su historia actual.

Israel

Los paisajes……

¿Qué más vamos a visitar?

Imprescindible sí, pero es solo una parte de lo que vamos a ver.

Visitaremos la Fortaleza de Massada (UNESCO), San Juan de Acre (UNESCO) y por supuesto Jerusalén y Tel Aviv con su intensa vida nocturna, sus teatros.

Tendremos encuentro con la Universidad y alucinaremos con el fabuloso Museo de Israel en Jerusalén.

Las comidas

Por comodidad, no vamos a incluir los almuerzos porque no queremos que estos constriñan nuestro tiempo de aprender y algunas de las visitas están sujetas a permisos especiales, etc.

Por tanto, almorzaremos en restaurantes locales según donde nos pille, pero seguro que os gustará.

Israel

Tapeo local

Novedad

A finales de otoño 2023, programamos otro viaje especial a Israel, meditación, yoga, y trekking. Si te gusta viajar en grupo y con salida desde Málaga y otros puntos de España, no dejes de visitar Savitur

Más sobre el autor

 

La educación

La educación

Soy abuelo de 4 nietos y confieso que las generaciones actuales me sorprenden muchísimo. Los afectos, ¿qué lugar ocupan hoy?

La educación

Mis Padres

La educación

Saber querer a los amigos, demostrarlo con abrazos…

En el libro Battle Hymn of The Tiger Mother.

La profesora de la Universidad de Yale (de etnia Chino-Americana) Amy Chua nos explica magistralmente porqué los niños y niñas chinas que viven en USA no solo sufren un menor fracaso escolar, sino que alcanzan las mejores calificaciones.

Los chinos – Copan los primeros puestos en universidades como Harvard, Oxford, M.I.T, … sostiene que el sistema de educación occidental es demasiado permisivo.

Dedica demasiado tiempo a la socialización y al deporte en equipo dejando que los niños decidan según sus cortas luces y mermando la autoridad de sus padres.

En las familias chinas el niño tiene poco que opinar. Un fracaso escolar se achaca directamente a la mala gestión de sus padres que dedican diez veces más de su tiempo a controlar la educación de sus vástagos que un americano occidental medio.

Comentando ayer algunos párrafos con mi hija mayor (está cursando tercero de Lengua Inglesa en la UMA) alucinábamos.

El atroz control que desde nuestros parámetros se les infringe a los infantes chinos.

Decía Raquel, pero… ¿y su felicidad? y yo intentaba como padre defender a la Sra.Chua rebatiendo con un «no se es más feliz haciendo lo que uno quiere y es un mito que los niños sean felices».

Pero confieso que conforme avanzaba en la lectura, el sentido de competitividad asiático de la educación me echaba para atrás por muy buenos resultados que arroje en cifras.

El libro no obstante es muy interesante y no deja de ser un buen tirón de orejas a un modelo que prima la «felicidad» sobre el esfuerzo y que está generando un retraso eterno en la maduración de muchos jóvenes en Europa y America.

La educación de mis padres y maestros.

No estuve yo educado en el modelo chino, no fui un estudiante modelo y sin embargo lo bueno que pueda haber en mí, se lo debo a mis maestros, mis padres, y buenos amigos.

Me dijeron las verdades del barquero en lugar de echarme loas y llevarme de botellón y recordando, recordando, escribí esto.

Ese día maldije yo, la poca atención prestada a las clases de mi profesor de inglés «El Zruspa» (el malo de Naranjito).

El Zruspa no te ponía un cero, te ponía un -1.

En ese instante, estaba yo con la Santa de mi Madre en la cocina de la casa.

Mi padre al que en Eones podré agradecer lo que tuvo que aguantar en mi adolescencia decidió en un rapto de genialidad que la solución educativa y conductual de su hijo se encontraba en Inglaterra.

Mi periplo Inglés.

Un par de semanas antes me anuncio que me iba a Oxford por un periodo mínimo de seis meses no negociables.

Mi madre había llamado a mis caseros ingleses y entonces averiguamos que la escuela se encontraba en un pueblito de Oxfordshire que se llamaba Wheatley, algo así como si te mandan a Málaga y acabas en Moclinejo.

Mi progenitor, que bien conocía mi indudable capacidad de socialización con los más diversos estamentos de la vida lúdica festiva decidió coherentemente que un pueblo pequeño y sin ninguna distracción era lo más conveniente para mi concentración.

La educación

La Rubia de Marbella…. que espíritu

Mis pinitos en inglés.

– Traffic Light? Pregunté a mi madre.

– Si Toon, significa semáforo. Cuando llegues al aeropuerto de Heathrow, tienes que buscar un bus que te lleve a Oxford y cuando llegues, tomar el bus U1 hasta llegar a Wheatley. Decirle al conductor que te pare en el semáforo y allí habrá una cabina de teléfono desde donde llamas al señor White y esperar a que te recoja.

– ¿Como se decía semáforo?

– Mejor te lo apunto en un papel.

Cuando entré en casa de Mr. & Mrs. White, tras una llamada a casa. Mis caseros, un matrimonio de jubilados se dispusieron a prepararme la cena….

Bien es cierto que durante mi bachillerato puse poca atención a las clases de inglés del Zruspa pero cuando acabé la cena, tenía más hambre que cuando la empecé. E inmediatamente vino a mi mente la clase de Literatura de mi querida profesora Amelia, concretamente aquel día en que leímos del Lazarillo de Tormes:

a cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre.

La comida de mis caseros o más bien la falta de ella.

En el desayuno, mis temores se confirmaron y mientras Mr. White me vendía con un intachable acento inglés las delicias del Té y de las tostadas con mantequilla. Me preguntaba yo cómo de misteriosa es la naturaleza que lo que a mí me menguaba a él y a su señora engordaba y busqué en mis recuerdos de las clases de ciencias naturales de mi apreciado profesor D. Alberto.

Si las leyes de Darwin pudieran decir algo al respecto y la raza británica sacará mayor aprovechamiento calórico de la tostada que la hispánica o por el contrario como yo maliciosamente sospechaba, a la par de salir yo en dirección a la escuela, aparecían en la mesa de mis frugales caseros: huevos fritos, bacón y baked beans por doquier.

La educación

Estación de Tren de Arezzo (Toscana)

Como quiera que fuera, el almuerzo, no estaba incluido y todo mi capital para los seis meses, eran 30 libras.

En un pub cercano, había una oferta: Pizza y Coca Cola a 3 libras. Rememorando a María José mi profesora de matemáticas, barruntaba yo que dentro de diez días tendría un serio problema.

El optimismo de la juventud.

Pero diez días son una eternidad cuando se es un chaval y a pesar de la prioridad del sustento había otro tema que acuciaría a cualquier muchacho joven y era el enclaustramiento en el «Moclinejo británico».

Oxford se encontraba solo a 30 minutos en bus público.

Un paraíso donde mis compañeros de escuela iban por las tardes a patinar sobre hielo, a pelar la pava, de compras, etc.

Un edén prohibitivo dado mi presupuesto y de repente la ví: arrumbada contra un muro del jardín de la escuela se encontraba una bicicleta de carreras oxidada, con la cadena partida y las ruedas pinchadas.

Fuera la timidez

Peter el director de la escuela era un hombre agradable y creo que albergaba franca sospecha que yo padecía algún tipo de autismo ya que, en la primera semana, mis conversaciones en clase no pasaban de monosílabos.

Y de repente rojo como un tomate, pronuncié mis primeras frases ya que bien dice el refrán popular: «la precisa tiene un pincho»

– I saw a bicycle in the garden.

– Yes, it was left by a japanese student.

– May I use it?

– If you are able to fix it…of course.

Todo el mundo tiene un lado positivo.

Mr. White, mi casero, tenía la buena costumbre de amenizar nuestras frugales cenas, contándome todas sus batallas.

En especial su antiguo trabajo en la fábrica de automóviles Rover así que cuando me vio arrastrando la roñosa bici hasta su casa volcó toda su experiencia en ella y la dejó como nueva.

Al facilitarme la posibilidad de desplazarme hizo que de un plumazo casi olvidara el hambre que me hacía pasar y le diera una catalogación de triple AAA.

Eso sí, sin pasarse.

Ese gesto, ni siquiera se vio empañado por su sana advertencia para que en lugar de ducharme diariamente pensara hacerlo semanalmente.

Ya con la bicicleta operativa mi mente voló a otro de mis profesores, al bueno de Walter, el profesor de educación física que se desgañitaba para que abandonara los malos hábitos e hiciera deporte.

Pues tuvo que ser en Inglaterra donde practiqué deporte amigo Walter, ni Indurain se me comparaba y entre el pedal y la dieta puedo asegurar que ni una libra de grasa se encontraba en mi cuerpo.

En transporte no gastaba no, pero en cervecitas… y se acabó el presupuesto y entonces encontré la solución.

Mi primera empresa.

La escuela disponía de una pequeña cocina para hacerse un sandwich o prepararse un té. La mayoría de mis compañeros eran japoneses y disponían de un presupuesto amplio, así que cuando estábamos en el recreo les propuse cocinar el sábado una paella.

Aceptaron entusiasmados y tras cobrarle a 20 de ellos una cantidad bastante aceptable, me fui al supermercado y compré aquello que entendía yo que eran los componentes de una paella…

Los autónomos no lo tenemos fácil.

El lunes Peter el director, me llamó a su despacho. La primera lección que aprendí entre esas cuatro paredes es que cuando un británico comienza su exposición con un: to be honest, puedes darte por jod..

Llegué a añorar las broncas de mi directora del León XIII Doña Luisa, porque la ironía inglesa es sencillamente genial, admirable y el idioma inglés es amplísimo para poner a alguien en su sitio.

Si, por ejemplo, una madre en España, ¡zapatilla en ristre te gritaba «No hagas eso» la madre inglesa te espeta un DONT DO THAT! Y yo no sé si la cacofonía ayuda, pero suena mucho más contundente.

La flema inglesa.

Pero D. Peter no subió su tono de voz, ni en sus palabras se podía pensar que estuviera enfadado conmigo.

– Señor Espinosa, obviando los peyorativos comentarios gastronómicos de sus compañeros hacia su paella, creo que no será necesario recordarle a Vd. que la habitación del Té es precisamente para eso, para tomar Té.

Su pragmatismo.

– Por otro lado, la noche anterior, le observé mientras se encontraba Vd.. en el Pub del pueblo y he podido comprobar que su locuacidad y expresión en lengua inglesa mejora ampliamente cuando ingiere Vd. un par de cervezas. Le sugiero que continúe con esa costumbre. Por favor cierre la puerta al salir.

El pub fue mi salvación, tras diez días seguidos comiendo la oferta de pizza y coca cola, la camarera brasileña que me atendía se atrevió a sugerirme que había otras cosas más saludables en el menú.

Le contesté que mi presupuesto, aunque mejorado gracias sobre todo a los pingues beneficios de mi única aventura en la restauración (los japoneses estuvieron echándome el tema de la paella en cara durante semanas). No me permitía elegir la opción del filete. Así que me contrataron los fines de semana para fregar vasos y un largo etc. Continuara….

La educación

Gracias a mis viajes he podido rodearme de personas que son enciclopedias vivientes de la vida.

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Los viajes de Savitur

Decálogo del viajero

Decálogo del viajero – Tras un verano sin parar de viajar, algunos consejos tras la experiencia

Tejados de Samarcanda

Tejados de Samarcanda

Ha sido el mes de junio y julio el más viajero de toda mi vida profesional. Todo viaje es un aprendizaje y puedo decir que he aprendido y repasado muchas lecciones (OLVIDADAS) que, por aquello de la canícula veraniega, intentaré en este post reflejarlo a base de algunas fotos y dejar la extensión escrita para el próximo otoño.

He pasado a lo largo de estos días por: Uzbekistán, USA, Italia, Israel y Turquía y siempre el mismo factor común: ¡El Ser Humano!

Las relaciones, nuestra forma de comunicarnos según Sigmund Freud (el mayor talento desde la época modernista hasta el presente) tiene en un ser sano, tres formas diferenciadas de actuar: Ello, Superyó y el Yo. Pero hemos dicho que, siendo verano, no vamos a entrar en honduras, simplemente podemos situarnos ante el otro, como un padre, como un adulto o como un niño y viajar…. viajar facilita esto último, volvernos como niños….

DECÁLOGO DEL NIÑO VIAJERO

1. CUANDO VIAJAS ABRES TUS MUROS….

Decálogo del viajero

Probablemente, en mi ciudad, en mi entorno habitual, en mis seguridades y mi rol de empresario, no abordaría a Hector y a su lagarto y me pondría a preguntarle cómo le va la vida….

2. SI ERES TURISTA, NO TE PREOCUPES POR LA ROPA.

Decálogo del viajero

 

Estando de viaje, no me suelo preocupar excesivamente por mi indumentaria, busco algo cómodo y conocer a esta pareja me bajó el listón hasta el infinito y más allá.

 

3. GASTRONOMÍA

Señora americana

 

Cuando viajamos nuestra curiosidad aumenta en todos los sentidos, también en el gastronómico, pero si una dulce señora de Texas te dice que pruebes los pimientos jalapeños… ¡NO, LE HAGAS CASO!

 4. NO TE QUEJES DE TU TRABAJO…

Decálogo del viajero - Las Vegas

Si piensas que tu trabajo es raro, viaja a las Vegas y verás.

5. VIAJA Y RECUERDA POR QUÉ TE ENAMORASTES DE ELLA.

Decálogo del viajero - Gran Cañón

 

Sorprende lo profunda y lo hermosa que puede ser una conversación con tu pareja si salís de vuestro entorno, ocupaciones cotidianas y os volvéis niños de nuevo…

6. DETÉN EL TIEMPO

Decálogo del viajero - atardecer

Estás rodeado de luz, pero las prisas no te dejan apreciar que estás imbuido en ella. Viajar detiene el tiempo.

7. VALORA TU PAIS.

Decálogo del viajero - Camion recoge maletas

 

¿Estás todo el día leyendo la prensa viendo lo mal que está tu país? Pues otros se arreglan con mucho menos…

8. A TI TAMBIÉN TE MIRAN….

Decálogo del viajero - miradas

¡¡¡Hay países donde el raro eres tú!!!

9. HAY GENTE PA TO!!!!

Decálogo del viajero - Ahumadora

Pues eso.

10. DE VEZ EN CUANDO NO PIERDAS LAS BUENAS COSTUMBRES Y VIAJA CON WWW.SAVITUR.COM

Decálogo del viajero - En Samarcanda

La Ruta de la Seda…. ¿a qué esperas?

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Los frutos del trabajo

Los frutos del trabajo

Los frutos del trabajo

De Izquierda a derecha: D. Francisco García Mota, Dolores Pérez, Antonio Plumet (homenajeado) y Toon Espinosa

Los frutos del trabajo

No hace mucho, el Ministerio de Empleo y Seguridad Social me envió como a muchos de vosotros, un resumen de mi vida laboral.

Allí en dos papeles, se encontraba resumida para la Seguridad Social, 25 años de mi historia como trabajador autónomo. Yo a estas alturas y con la que está cayendo no tengo idea para qué me habrá mandado esto el ministro y no quiero ni saberlo.

Pero la carta de marras me hizo pensar si tenía sentido mi trabajo. ¿Querría esto el ministro?

Un buen hombre.

Hace más de 25 años, en uno de mis viajes, conocí a D. Antonio Plumet Torres. Este señor empezó su vida laboral en Radio Juventud como técnico de sonido y posteriormente en el mismo puesto en radio Nacional.

Mariano.

Todos los veranos en sus vacaciones se apuntaba a la peregrinación diocesana a Lourdes. Y así verano tras verano, ininterrumpidamente acudía a su cita con la Virgen.

En 1992, ya jubilado hace un esfuerzo económico y se apunta a una peregrinación de la diócesis con destino Tierra Santa. Presidía la misma D. Francisco García Mota, siendo entonces Deán de la S.I. Catedral.

Era un grupo pequeño, de unas 25 personas, estábamos alojados en un hotel: «Seven Arches» con las mejores vistas sobre Jerusalén y quedaron tan impresionados que este grupo de peregrinos ha seguido hasta el tiempo presente.

Reuniéndose en torno a una mesa gracias a la incansable labor de Antonio Plumet que se encargaba de organizar junto a D. Francisco una cena pascual todos los años.

Antonio, ha estado pendiente de todos los amigos que conoció en Tierra Santa. Felicitándoles cuando era menester y visitándolos en sus malos momentos, ayudando siempre, como un hermano.

Un gran peregrino.

Volvió en otras 3 ocasiones a Jerusalén, pero aquella primera experiencia siempre lo acompañaba.

Su enfermedad.

Hace un año, Antonio estaba en su casa y sufrió un «Ictus Cerebral». Él vive solo por lo que ha tenido que ingresar en una residencia de ancianos donde con cariño del personal y esfuerzo por su parte está recuperando la movilidad.

Debido a mis viajes no puedo visitar a Antonio con la asiduidad que me apetece, pero siempre que voy a verle, me habla de Jerusalén. Literalmente se transporta allí con su mente, con su corazón…

Dolores de Turismo de Israel.

Comenté este hecho con Dª Dolores Pérez Frías directora de la oficina nacional de Turismo de Israel porque pensé que, a Antonio, le haría ilusión por Navidad recibir una carta reconociendo su labor de promoción de Tierra Santa, pero Dolores me sorprendió con una propuesta mucho más generosa.

Hizo una gestión con Israel y consiguió que nombraran a Antonio: «Embajador de Buena Voluntad de Israel».

Diploma de honor.

El día 13 de diciembre, ella personalmente se desplazó desde Madrid y en nombre del ministro de Turismo de Israel le hizo entrega del diploma acreditativo encontrándonos en la Residencia Santa Isabel del Puerto de la Torre, D. Francisco García Mota y amigos de Antonio y de Savitur como D. Manuel Rubiño y su esposa Esperanza del Pino y prensa local.

Fue un día grande, disfrutamos de lo lindo. Antonio estuvo sembrado y nos demostró que su sentido del humor permanece intacto cuando preguntó a Dolores si el título de Embajador le daba derecho a una «Paga».

El sentido del trabajo.

¿Y yo? Yo no sé si mi ministro de Empleo y Seguridad Social me conseguirá una paga para cuando alcance la edad de D. Antonio Plumet.. pero estoy feliz porque tener en mis manos la carta de mi vida laboral, no le da sentido a mi vida. Se lo dan mis 25 años de labor turística que me han permitido conocer personas tan maravillosas como ANTONIO.

Gracias amigo.

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El Péndulo

El Péndulo

El encargo.

Lento, lentísimo era el pedaleo que imprimía a mi bicicleta azul subiendo la cuesta de mi casa aquel verano del 77. Recuerdo nítidamente la composición del pavimento echando humo. Venía yo de la tienda del barrio.

Colgaba del manillar una bolsa de plástico blanca que rozaba mi rodilla a cada quiebro que daba para facilitarme la escalada. Los gorriones ni se atrevían a piar con el terral de las cuatro de la tarde.

Bajo la bici por las escaleras de la entrada y busco a mi madre.

Está embarazada de nueve meses, sentada en un sillón reclinable (orejero) que había comprado mi padre para hacerle la espera más cómoda, de la bolsa de plástico saco varios paquetes de Kikos.

Mama, ya no te los compro más, el médico te ha dicho que no debes tomar más sal.

La educación

Mis Padres

¡Qué bueno eres hijo! Anda toma tus dos paquetes.

Mirándola con complicidad le digo chantajista a la vez que apoyo mi cabeza en su barriga para sentir a mi hermano Javi moverse.

¿Qué vas a hacer?

Me dice acariciando mis rizos rubios.

A las cinco he quedado con José Luis el Melenas, Kiko y David para ver juntos en su tele a color «Sandokan»

Suena el timbre y me despego perezoso para abrir la puerta. «Mama», es Antonio el lechero.

Pasa Antonio, pasa.

El ornitólogo

Era una autoridad en cuanto a yogures Danone y pájaros, me gustaba hablar con él.

Hoy, además de los yogures y la leche Puleva, nos ha traído una máquina para hacer nuestros propios «Polos de hielo» ensimismado atiendo sus explicaciones y me madre me dice: Toon, ¿No querías preguntar algo a Antonio?

Aprender de quien sabe.

Si, Antonio mi canaria ha puesto esta vez seis huevos.

¿La pusiste en un lugar tranquilo?

Si y solo la visito una vez al día.

Bueno vamos a ver, ¿Hace cuánto tiempo puso el último?

Una semana.

Las canarias siempre ponen pares, vamos a echar un vistazo.

Se dirige a la jaula y tomando el nido, mira los huevos al trasluz con la ayuda de una bombilla.

Yo, a su lado, conteniendo la respiración le escucho decir: si, esta vez los huevos están pisados y dentro de dos semanas si todo va bien saldrán los polluelos.

Vuelve a colocar el nido y me llevo cuidadosamente a la jaula a su rincón.

Se va el bueno de Antonio el lechero y le digo a mi madre:

¡Me voy a casa de David!

2012,

Hoy he visto otras lecheras, estaba alojado en la calle Atocha de Madrid y a las siete de la mañana, he tomado un taxi para encontrarme con mi grupo en Barajas.

Al pasar cerca del congreso, he visto como las lecheras (furgonetas de los anti-disturbios) de la Policía Nacional minaban las calles desde anoche. Automáticamente mi mente ha volado a la infancia ¿Instinto de protección?

Mi padre rara vez me habló de su infancia, se ponía triste.

Una vez durante nuestros paseos me contó que en casa de su abuelo Pepe, de vez en cuando le daban un bocadillo de jamón. Un día salió a la calle con él y se lo quitó un hombre.

Sin embargo, su generación consiguió proporcionarnos una infancia maravillosa.

 

En mi pequeño relato seguro que os veis reflejados la mayoría de los cuarentones actuales. No faltaba ni sobraba nada. Había equilibrio.

El PénduloLlegó nuestra adolescencia y se empezó a torcer la cosa. Sobraba más y faltaba equilibrio para compensar quizás las carencias de la generación paterna.

Hoy mis hijos, están en el extremo opuesto del péndulo.

Y cuando el péndulo se encuentra en ese punto, su velocidad es igual a cero, pero su potencial es máximo antes de arrancar su camino al lado opuesto…

Como el vagón de una montaña rusa que corona la cima…. y hoy las lecheras policiales me han llevado a la seguridad de mi infancia……..cuando la visita de Antonio el Lechero me hacía feliz…. a mi lentísimo pedaleo subiendo la cuesta de mi casa y a la seguridad del Amor de una madre.

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Cuando tienes dos softwares.

Cuando tienes dos softwares.

Hoy que los independentismos están en boga. Me permito hablar desde mi doble nacionalidad.

Cuando tienes dos softwares.

Acabo de regresar de los Países Bajos.

Mi madre, nació en Tilburg (Brabante del Norte) y mi padre en Málaga (Andalucía) así que me crie entre dos culturas.

Pudieran decir que nací «confuso» o con la «leche cambia».

Siempre acompaña a mi vida la misma preguntita: ¿tú que te sientes español o neerlandés?

Llega un partido de fútbol entre las ambas selecciones y hasta mis hijos me abroncan.

Yo les digo que me cuesta alegrarme o enfadarme con alguna de mis dos patrias. Y no me comprenden.

De niño, jugaba a las bolas de cristal con mis amigos de Pedregalejo. Pero nunca se me ocurría llevarlas a casa de mi tío Fred en el pólder de Hedel.

Porque las canicas en el país de las vacas son un juego «exclusivamente de niñas».

Y, sin embargo, sí que me ponía unas camisas, regalo de mis tías neerlandesas supercoloridas y ampliamente floreadas.

Durante mi formación en el Colegio León XIII y ayudado de mis «gafapastas», obtuve sendos capones de mis compañeros. Además de algún comentario en voz baja sobre mi orientación por mi forma de vestir.

En una España donde lo elegante era engalanarse en azul, marrón y como mucho verde.

Cuando tienes dos softwares.

Bien dice D. José Antonio Marina que el lenguaje es el software de la mente.

Este se encuentra totalmente influenciado por la cultura:

Cuando vivo en Málaga.

Automáticamente se activa mi programa hispano y no hay espacio para el otro.

Ese es mi caso.  Entonces no actúo sino soy español: pienso en el gazpacho y me relamo de gusto.

Aprecio mi siesta.

Lloro escuchando a Bebo y el Cigala.

Y expreso mis sentimientos con la lengua de Cervantes.

El más rico idioma del mundo para contar cómo te sientes, para soltarle un piropo a la Pakilda o para rezar.

Sin embargo, esta semana pasada en Países Bajos, al bajarme del avión iba con mi grupo al parking del aeropuerto de Amsterdam.

Tras presentarme al conductor del autobús con un «Meneer Maes» (en el mundo neerlandés las presentaciones son mucho más formales que en España).

La programación NL saltó sobre la ES activándose.

Ya pensaba en comer Papas con Mahonesa, una sopa de guisantes, pan de hojaldre con carne picada dentro, un pote de mejillones y una cervecita.

Encontré el plano paisaje, los canales y el verde como habituales.

Aprecié mil detalles ocultos a los ojos de un turista.

Las calles estaban decoradas en naranja por doquier, mis gustos musicales cambiaron apeteciendo escuchar un poco de rap de Lange Frans & Baas B (ni lo intentéis).

En el camino al hotel, tomé el micrófono para introducir a mi grupo de la Línea de la Concepción unas breves pinceladas de la actualidad holandesa.

Durante la explicación hablé sobre el asesinato del productor de cine Theo Van Gogh, los esfuerzos del país por integrar a la comunidad inmigrante.

Comenté sobre el sistema educativo.

Y las diferentes razas de patos que estaban viendo.

El señor que nos hizo la asistencia en el aeropuerto le dijo al señor Maes: este hombre nos conoce bien.

Michael Maes contestó: él es uno de los nuestros (expresión muy de allí).

Su madre es holandesa.

Pasó la semana, y al tocar el aeropuerto de Málaga.

El calor, el beso de mi Pakilda, el olor a «espetos» en Rincón de la Victoria, eliminó cualquier rastro de la cultura NL.

Activándose el ES y pregunté: ¿Cuánto queda para los Juas? ¿Han preparado los niños una hoguera?

Bendita España, te quiero.

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Savitur

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