“Japón entre cortinas»


Ritualizar el viaje para entender un país

En Japón descubrí que no hace falta llevar pijama.
El país ya ha pensado en eso por ti.


👉 Si estás pensando en viajar a Japón, puedes ver aquí el itinerario completo del viaje organizado:

Viaje organizado a Japón — Otoño 2026 desde Málaga

En cada hotel, cuidadosamente doblado sobre la cama, me esperaba una prenda que no era del todo pijama ni del todo kimono. A veces bonita, a veces demasiado corta, a veces imposible. Y sin darme cuenta, aquello se convirtió en un juego y en un ritual. Me probaba el pijama de turno como quien se prueba una versión distinta de sí mismo. Japón, noche a noche, también me vestía.

JUNTO EL LAGO ASHI DESPIERTO Y …
https://youtu.be/E4Nv0msJ9Ow

De ese gesto doméstico nació otro. Fingía que me despertaba, corría la cortina y dejaba entrar el paisaje. Kyoto. Takayama. Hakone. Tokio, ya de noche. No era postureo, era una manera de decirme: estás aquí, mira bien. El viaje empezaba cada mañana en silencio, desde dentro de una habitación.

Japón no se impone. Se insinúa.


Lo que se deja atrás también importa

Cerca del castillo de Osaka, en un pequeño santuario, aprendí algo esencial. Los papeles atados a cuerdas no son deseos, sino oráculos desfavorables. No se llevan. Se dejan allí. Como quien dice: esto no me lo cargo encima.

Japón enseña sin levantar la voz.
Te muestra que soltar también es una forma de respeto.

En Nara, en un templo sintoísta, conocí la ceremonia de Okuizome. Un ritual infantil que simboliza el primer gesto de alimentación, el deseo de que el niño nunca pase hambre. Japón cuidando el futuro desde la infancia, con una delicadeza que emociona.

Y en Fushimi Inari, entre miles de torii rojos, vi grullas de papiroflexia ofrecidas por estudiantes. No pedían milagros. Pedían constancia. Aprobar un examen doblando paciencia en papel.

Japón no pide fe. Pide compromiso.


La delicadeza como forma de vida

Un día, cerca del castillo de Kyoto, vi a dos operarios cortando el césped. Uno manejaba la desbrozadora. El otro sostenía una pantalla para que las piedras no salpicaran a los transeúntes. Nadie se lo pidió. Nadie lo grabó (salvo yo). Simplemente era lo correcto.

Ese gesto explica más Japón que muchos libros.

Este tipo de experiencia forma parte de un viaje a Japón organizado que recorre lugares como Tokio, Kioto o Nara.

 

Lo entendí también en un andén de la estación de Kyoto, grabando en cámara lenta cómo un empleado del shinkansen asomaba la cabeza por la ventanilla para controlar que todo estuviera en orden.

O en el autobús, cuando nuestra guía, Yuka, nos explicaba las distintas calidades de sake dibujando un simple grano de arroz en una pizarra.

La precisión japonesa no es rigidez.


Es consideración.


Tradición que convive con el presente

Desde la terraza de Kiyomizudera, la vista es imponente. Pero antes de mirar el paisaje, vi a dos chicas vestidas con kimono tradicional, móviles en la mano. Tradición y presente sin conflicto alguno.

En el Templo Dorado, una carpa simboliza la promoción a dragón. El esfuerzo que asciende. La transformación. Japón siempre hablando en símbolos, nunca en consignas.

En el estanque de Kyoyochi, los colores del otoño se reflejaban sin prisa. Un árbol de kaki parecía recordarme que hay tiempos que no se fuerzan. Se esperan.


Las personas que hacen el viaje

En Takayama, paseando por Hida Minzoku Mura Folk Village, entendí que los cambios de plan también forman parte del camino. No pudimos llegar a la aldea de tejados de libro por un corte de carretera, pero Japón siempre ofrece alternativas que no se sienten como renuncia.

Allí fotografié la antigua sede del shogunato, su sala principal, su jardín. Compré una chapela japonesa a Takku, un artesano que trabajaba con las manos y con el tiempo.

Vi una pareja vestida con kimono nupcial cruzando la calle como si el mundo les concediera una tregua.

Japón es un escenario donde la vida sigue ocurriendo con una belleza serena.


Moverse, observar, dejarse llevar

Navegar por el lago Ashi, subir en el funicular buscando la panorámica del Monte Fuji, caminar tras una cena de shabu shabu por las terrazas superiores de la estación de Kyoto guiados por Yuka. Todo fluye, todo encaja.

Y luego Tokio.

La academia de moda iluminada de noche.
El Golden Gai, con sus bares diminutos y su calle imposible.


Shibuya, buscando a Ana y Miriam entre la multitud hasta encontrarlas y reírnos de lo absurdo de perdernos en el lugar más concurrido del mundo.


Omotesando y una cafetería donde puedes acariciar un cerdito pequeño. Japón también sabe jugar.


Cerrar la cortina

Viajar a Japón no fue solo visitar templos, ciudades o paisajes.
Fue aprender a mirar con más cuidado.
A moverme sin invadir.
A aceptar que no todo se controla y que no todo se lleva de vuelta.

Cada mañana, al correr la cortina desde una habitación distinta, entendía algo más. Japón no se conquista. Se habita por momentos.

Y quizá por eso, incluso en pijama, se siente tan profundamente.

Hombre delante de Arce Japonés

Si Japón te llama tanto como a mí, aquí puedes ver el viaje que organizamos cada año:

👉 Viaje a Japón con Savitur

Viaje organizado a Japón — Otoño 2026 desde Málaga

Vietnam y Camboya: un viaje que no se queda en las fotos

Hay viajes que empiezan cuando aterrizas y otros que empiezan mucho antes, cuando ya sabes que no van a ser ligeros. Vietnam y Camboya fueron de los segundos. Intuía belleza, sí, pero también historia densa, contrastes incómodos y muchas capas que no se dejan entender a la primera.

Si estás pensando en viajar a Vietnam desde Málaga, este es el itinerario tal como lo organizamos, combinando cultura, paisajes y experiencias reales sobre el terreno.

Puedes ver todos los detalles del viaje aquí:

👉 https://savitur.com/viaje/vietnam-camboya/

Ho Chi Minh: el caos como bienvenida

Mi primer contacto con Vietnam fue Ho Chi Minh, y no hubo transición suave. El calor, las motos, los cláxones, el movimiento constante. Todo ocurre a la vez. Caminas mirando al frente, pero también a los lados, al suelo, al aire.

Entre edificios coloniales, pagodas y cafés escondidos, la ciudad muestra sin pudor su pasado y su presente.

Visitar el Museo de la Guerra fue un golpe seco. No es un lugar agradable, pero sí necesario. Sales con un nudo en el estómago y con la sensación de que Vietnam no quiere maquillar su historia, solo contarla.

Por la noche, el Chao Show fue justo lo contrario: música tradicional, instrumentos antiguos y gastronomía que acompañaba cada región del país. Una forma delicada de recordar que Vietnam también es cultura viva, no solo memoria bélica.

Chao Show

El Mekong: donde todo fluye distinto

El delta del Mekong fue el primer gran cambio de ritmo. Subirme a una barca y recorrer sus canales me hizo sentir que el tiempo aquí va por otro carril. Casas sobre pilotes, talleres artesanos, palmeras, silencio roto solo por el agua y los remos.

No había nada espectacular en el sentido turístico. Y precisamente por eso fue tan especial. Era vida cotidiana, sin filtros.

Cu Chi y el peso de la historia

Los túneles de Cu Chi me hicieron entender la guerra desde el cuerpo. Entrar, agacharte, notar la falta de luz y de aire. Imaginar cómo se vivía allí abajo durante años. No es una visita cómoda, pero te coloca en tu sitio como viajero.

Ese mismo día crucé la frontera invisible hacia Camboya, volando hasta Siem Reap. Y el contraste fue inmediato.

Angkor: cuando el amanecer se queda grabado

Madrugar para ver Angkor Wat al amanecer fue una de las mejores decisiones del viaje. Ver cómo el templo aparece poco a poco, reflejado en el agua, mientras el cielo cambia de color, es una imagen que se queda contigo.

Los días siguientes recorrí templos que parecen devorados por la selva, caras gigantes que te observan desde las torres, relieves infinitos.

Angkor no se visita, se atraviesa. Y aun así, sabes que solo rozas la superficie.

La danza Apsara, por la noche, cerró el círculo. Movimiento, música y tradición para dar forma humana a tanta piedra.

Volver a Vietnam: Hoi An y la belleza sin ruido

De vuelta en Vietnam, Hoi An fue un regalo. Farolillos, casas antiguas, calles para perderse sin prisa.

De día es bonita; de noche es casi hipnótica. Pasear sin rumbo, sentarte a mirar el río, dejar que el viaje respire.

El Puente Dorado, sostenido por manos gigantes en Ba Na Hills, fue uno de esos momentos en los que piensas: “esto solo podía pasar aquí”. Vietnam no tiene miedo a mezclar tradición y espectáculo.

Hue y Hanoi: solemnidad y calma

En Hue, antigua capital imperial, todo se vuelve más contenido. Pagodas, ciudadelas y tumbas de emperadores hablan de poder, simbolismo y silencio.

Es un Vietnam elegante, reflexivo.

Hanoi, en cambio, se siente vivida. Lagos, templos, barrios antiguos, cafés diminutos. Pasear en ciclo por sus calles fue una forma perfecta de observar sin invadir.

Y el espectáculo de marionetas de agua me recordó que aquí el arte popular sigue teniendo un lugar central.

Ninh Binh y Halong: despedirse despacio

Ninh Binh fue uno de los paisajes más serenos del viaje. Arrozales, ríos estrechos, montañas que emergen como si alguien las hubiera colocado a propósito.

Y el final, navegando por la bahía de Halong/Lan Ha, fue la despedida perfecta.

Dormir en un barco, remar en kayak entre formaciones kársticas, practicar tai chi al amanecer sobre la cubierta. No había prisa. Solo agua, niebla y silencio.


Lo que me llevé de Vietnam y Camboya

Este viaje no fue solo una suma de lugares. Fue una lección constante de contraste: belleza y dolor, caos y calma, pasado y futuro compartiendo espacio.

Vietnam y Camboya no se explican del todo, pero se sienten. Y cuando vuelves a casa, te das cuenta de que algo se ha recolocado por dentro y llegas a echar de menos sus magníficos hoteles. No sabes exactamente qué, pero sabes que el viaje sigue contigo.

 

Sobre Savitur

Savitur es una agencia especializada en viajes culturales acompañados.
Desde SaviturConToon compartimos la experiencia real de cada destino.

Savitur cuenta con presencia activa en Google, donde puedes consultar opiniones reales de viajeros: https://maps.app.goo.gl/ymhAPZaB7TnGbPFT7

Eindhoven, diciembre y un apellido que nos reúne

Familia

El 7 de diciembre nos reunimos más de 60 miembros de mi familia materna, los De Rooij, en una sala de laTennisvereniging de Heifoef (Roostenlaan 303-307, Eindhoven).
Un encuentro que llevaba tiempo gestándose y que, durante unos días, convirtió a Eindhoven en el epicentro de nuestra pequeña geografía emocional.

Familia De Rooij

Llegar… o no llegar

Raquel y yo aterrizamos el 5 de diciembre procedentes de Hanoi, tras acompañar a un grupo por Vietnam y Camboya. Antes de eso, Japón por trabajo. Y antes aún, casa… apenas un día.
Con el cansancio acumulado, me planteé seriamente no ir al encuentro familiar. Pero bastó escuchar la voz de mi madre al otro lado del teléfono, preguntando con esa mezcla de ilusión y necesidad si me vería allí, para que todo cambiara.

Reservé un vuelo de bajo coste para el día siguiente y una habitación doble en el Holiday Inn Centrum de Eindhoven, donde se alojaban mis hermanas y mi hermano. Decisión tomada.

Noche holandesa

Aterrizamos en EIN, el segundo aeropuerto más importante de los Países Bajos, ya de noche, con llovizna y ese frío húmedo que se te mete sin pedir permiso. Al salir de recoger las maletas estaban mi madre y Ad (diminutivo de Adrian en neerlandés), marido de mi tía Lot. El detalle nos llegó directo al corazón. Estábamos agotados.

Al llegar al hotel, Ad se despidió y mi madre, Raquel y yo bajamos a cenar. Pregunté por mis hermanos y me contó que aún no habían llegado, estaban de visita en Antwerpen con mis sobrinos.

Hablé con el responsable de sala en neerlandés, pero al fijarme mejor vi su nombre: Juan Carlos. Salté al español. Canario, más de dos años en Brabante y feliz con su trabajo. El mundo es pequeño.

En la mesa miré a mi madre con calma, con agradecimiento. Parar. Mirar su rostro sin prisas. Memorizar gestos. Recordar tanto. Y sentir, también, esa pequeña culpa por no hacerlo más a menudo.

 

Abrazos tardíos y descanso merecido

A los postres ya estábamos casi todos: Mónica, Belén, Diego, Quique y casi todos mis sobrinos. Abrazos, besos, risas. Pregunté por mi hermano Javi, su hija Mónica y su esposa Susana. Habían decidido dormir en casa de mi tía Corry, en lugar del hotel.

Subimos a la habitación con el cansancio marcando la “pava”, pero con la certeza de haber tomado la decisión correcta.

Desayuno con sabor a infancia

El jetlag nos despertó a las 3 de la madrugada. Aguanté como pude hasta las seis mirando el móvil. Bajamos a desayunar y empecé, sin pensarlo, por lo que tomaba de niño cuando visitaba a mi tío Fred:
pan de molde con mantequilla y mijitas de chocolate.
Luego otro con azúcar coloreada, queso con comino y lácteos de vacas que comen hierba fresca y saben, literalmente, a infancia.

Desayunamos sin prisas mientras poco a poco se iba uniendo el resto de la familia. Pregunté cuál era el plan antes del almuerzo de los De Rooij.

—Sí —dijo mi hermana Mónica—, hemos alquilado tres coches para ir a ver a la tía Corry a Zaltbommel y reunirnos allí con Javi. Tenemos sitio, ¿os venís?
—Perfecto —contesté.

Zaltbommel, el Waal y la tía Corry

Salimos a las 9 de la mañana hacia el Bommelerwaard, el pólder junto al río Waal. Aparcamos cerca de De Ruijterstraat (literalmente, “calle De Ruijter”) y antes de tocar el timbre, tante Corry ya estaba en la calle repartiendo besos.

Su casa, en el centro del pueblo, es antigua y de fachada estrecha, como tantas en los Países Bajos. Durante siglos, los impuestos se calculaban según el ancho de la fachada, así que las casas crecían hacia dentro y hacia arriba. Me invitó a verla: se ha mudado y ha dejado la casa a mi primo Fred.

Corry fue ginecóloga rural toda su vida. Querida por todo el pueblo. Dentro me sorprendió la inclinación extrema de la escalera de caracol que sube a los dormitorios.
—¿Cómo haces para no caerte? —le pregunté.
—Precisamente tu sobrina Mónica se ha caído esta mañana —me respondió, quitándole importancia—. Estoy hablando con un arquitecto, pero no es fácil. No quiero irme de esta casa, pero…

Y siguió enseñándome el precioso patio interior, el jardín y los muebles heredados de la casa de mis abuelos.

Salimos a pasear por el centro: tranquilo, cuidado, con la iglesia principal sonando con su carrillón. Llegamos al dique que protege al pueblo de las crecidas del Waal y paramos a tomar café en el único restaurante del lugar. Al pagar las bebidas de 11 personas (80 €), recordé perfectamente dónde estaba y el nivel económico del país 😄.

Un capricho: Heusden

—Tante Corry, ¿crees que nos da tiempo a ir a Heusden, ver los molinos y cruzar en el transbordador antes de comer?

Mi cuñado Quique dijo que no llegaríamos a tiempo (y tenía razón), pero mi tía contestó con complicidad:
—Que esperen a los españoles un poco. ¡Vamos!

Fuimos en caravana, con Javi en cabeza. Dudaba si el transbordador funcionaría ese sábado, pero ahí estaba. Llegamos diez minutos tarde, pero Corry ya había hablado con el capitán. Ventajas de haber sido la médica de toda la vida.

Durante el cruce bailamos, reímos y pensé en lo escasos que son estos momentos cuando somos adultos: disfrutar con tus hermanos como cuando éramos niños.

En Heusden grabé un vídeo para mi canal de YouTube SaviturConToon, junto a mi madre. En la entrevista empezó a hablar en neerlandés sin darse cuenta. Pensé en el público en español… y la dejé seguir. Estaba en su tierra, después de muchos años. Tiene 84 benditos años.

Foto junto a un molino y vuelta rápida a Eindhoven. Llegamos tarde. Otra vez 😄.

Los De Rooij en pleno

Antes de entrar en la sala, el bullicio ya se oía desde fuera. Cuando mi madre, para todos Tante Irene, cruzó la puerta, se la comieron a besos y abrazos.

Cervezas (como buenos holandeses), worstenbroodjes rellenos de carne, croquetas, patatas fritas… y cuatro horas poniéndonos al día. Primos, primas, hijos, trabajos, salud, vacaciones. Más de 60 personas.

Tras la foto de grupo, quedamos a cenar con un grupo más pequeño: Bart, Klaas y nosotros, en el Down Town Gourmet Market, un mercado gastronómico internacional en el centro de Eindhoven.

Con más cerveza en el cuerpo que litros de sangre, decidí volver andando al hotel con mi paraguas, pese a que Raquel intentó disuadirme. Entre luces de Navidad, patinetes y bicicletas, llegué antes que los que volvieron en coche. Dormí como un niño chico.

De Efteling y despedida

A la mañana siguiente fuimos al parque de atracciones De Efteling. Me vi obligado a montarme en todas las montañas rusas posibles… salvo una que me dio auténtico pánico y de la que me salí, con la correspondiente reprimenda de Raquel, que las adora.

Almorzamos perritos calientes sin remordimientos y con mucho ketchup. Por la tarde, la parte más tranquila: atracciones para niños y abuelos, enanos, hadas y fantasía. Lo que más me gustó.

Me quedaba algo pendiente: una erwtensoep (sopa de guisantes). Mi tía Lot nos había preparado una cena de despedida en su casa que la incluía. Entrar en su casa ya es un espectáculo: su marido es uno de los mejores decoradores de interiores de los Países Bajos y cruzar ese umbral es una lección de buen gusto.

Ad, además, es amante del buen vino y se había aprovisionado bien. Y el postre… ay, el postre.

A una hora prudente (no son de trasnochar), volvimos al hotel para, de madrugada, tomar el vuelo de regreso. Esta vez sí: dormir, dormir y dormir. Tres meses sin parar de viajar pedían tregua.

Feliz Navidad.

Navidad árbol

🥾 Mi último viaje a Nueva Zelanda: naturaleza que te deja sin palabras

Hombre con brazos abiertos y detrás paisaje


Nueva Zelanda era uno de los destinos que más ganas tenía de repetir. Raquel y yo encontramos un hueco en nuestra agenda viajera y, aprovechando que Turkish Airlines tuvo una gran deferencia con nosotros y nos facilitó dos billetes en clase Business a un precio imbatible hasta Sídney, allá que nos fuimos.

 

Desde Sídney, después de pasar la noche en un hotel cercano al aeropuerto, tomamos el vuelo que nos llevó a Auckland y, al tocar suelo neozelandés, me tocó aprender a conducir por la izquierda…

Llovía al llegar al centro de Auckland. Aparqué el coche cerca del hotel y, sin perder tiempo, nos fuimos a pie a recorrer sus calles principales: Queen St. y su muelle, siempre animados a pesar del tiempo. Eso sí, la Sky Tower solo pudimos intuirla entre la niebla.

Cenamos en un restaurante Japonés que se llama Yoshizawa y puedo decir que me encantó probar el Udón (es un tipo de pasta japonesa gruesa y alegremente elástica, algo así como cuerdas blancas hechas de harina de trigo que se dejan abrazar por caldos humeantes o salteados rápidos).

Despues el cansancio y el Jetlag nos pudo y fuimos a descansar a nuestra habitación.

Lagos quietos, montes húmedos y el verde interminable

La salida de Auckland quedó atrás como un murmullo urbano que se disolvía mientras el paisaje se ensanchaba. El cielo prometía agua y la cumplió, pero no importaba; aquel día tenía sabor de ruta.

Hamitong Gardens NZ

En Hamilton hice una parada para recorrer sus jardines, un mosaico de mundos reunidos en un mismo recinto.

Después seguí hacia Arapuni, donde el lago se abría silencioso a un costado del camino. Caminé un rato junto al agua, respirando esa luz plana previa a la lluvia, antes de detenerme en el Rhubarb Café, un refugio amable en mitad del verde.

La carretera que vino después fue un ascenso pausado hacia las Mamaku Ranges. La lluvia caía fina, casi ceremoniosa, y el bosque se elevaba en paredes húmedas a ambos lados, como si el mundo se hubiera estrechado para obligarme a mirar.

La subida, sin nombre grandilocuente, tenía la dignidad de los puertos discretos: curva, niebla, altura que apenas se anuncia.

Tras coronar, el paisaje cambió de escala y, más adelante, emergió un horizonte líquido. El lago Taupō se extendía con una serenidad inmensa, acompañado durante kilómetros como quien camina junto a un gigante dormido.

Llegamos a Taupō con esa sensación de haber atravesado varios países en un solo día y nos alojamos en el motel Le Chalet Suisse. Su propietario, de origen chino, nos recibió con una cordialidad que parecía templar incluso la humedad que traíamos del camino.

Después, con el hambre reclamando protagonismo, nos acercamos a Jimmy Coops para una hamburguesa que sabía a premio del viajero.


Cuando terminé, Raquel propuso algo tan simple como necesario: detenernos en un supermercado para aprovisionarnos para los días siguientes. Salimos con agua, zanahorias, patatas fritas y ese surtido inevitable de pequeños salvavidas para los trayectos largos en coche.

Al final de la jornada, entre lluvia, curvas, un lago inmenso y un motel acogedor, el viaje tomó forma. Y yo con él.

Entre gigantes de fuego y una ciudad que despierta

La mañana en Taupō amaneció tranquila, con ese silencio que queda después de una noche de carretera. Antes de despedirnos del lago, detuve el coche en un pequeño claro junto a la orilla. El agua estaba quieta, como si esperara que me decidiera a inmortalizarla. Hice una foto, apenas un gesto, pero sentí que cerraba un capítulo del viaje.

Reanudamos la marcha hacia el sur y el paisaje empezó a elevarse, volviéndose volcánico, áspero en su grandeza. Rodeamos los volcanes del Tongariro, guardianes imponentes que cargan con historias geológicas y también con imaginarios cinematográficos. Allí el mundo tiene un peso antiguo, y uno avanza con la sensación de cruzar una frontera hacia otra época.

Más adelante apareció Ohakune, anunciado por su célebre zanahoria gigante, plantada a las afueras como un guiño monumental. El pueblo parecía construido alrededor de ese orgullo anaranjado. Pasamos sin prisa, dejándonos acompañar por la estampa.

Zanahoria de Ohakune

Continuamos hacia el sur y, en Hunterville, hicimos una parada para almorzar en Relish Rangitikei. La sopa de calabaza llegó humeante, con esa calidez que el cuerpo agradece cuando el camino ya pesa un poco más. Fue una pausa breve, pero tuvo el ritmo perfecto para seguir.

 

La recta final nos llevó a Wellington, donde nos esperaba el DoubleTree by Hilton. La ciudad nos recibió con brisa marina y calles inclinadas, como si quisiera ponernos a prueba desde el primer paso.

Dejamos el equipaje y salimos a caminar hasta Cuba Street, que late con colores, cafés y una energía amable.

Allí, en Golding’s Free Dive, nos tomamos unas cervezas que supieron a llegada. Más tarde rematamos la noche con pizzas, una elección sencilla que encajaba con el cansancio de la ruta y la alegría de estar en una ciudad nueva.

La jornada terminó con la sensación de descenso: desde volcanes solemnes hasta una capital vibrante que nos abría sus calles. Cada día parecía contener varios mundos, y yo iba guardándolos como quien junta pequeñas piedras brillantes en los bolsillos.

Un ferry, una costa salvaje y el primer latido de la Isla Sur

La mañana del ferry empezó temprano, con ese tipo de nervio suave que acompaña a los días de tránsito importante. Dejamos Wellington aún medio adormecida y embarcamos en el Interislander rumbo a Picton, conscientes de que no solo cruzábamos un estrecho, sino que cambiábamos de isla y de ritmo.

La salida de Wellington fue un pequeño espectáculo silencioso. La ciudad se fue replegando poco a poco mientras el agua se abría en una calma engañosa.

Bahía de Wellngton

Luego llegaron los fiordos, estrechos y verdes, como pasillos de agua entre colinas que parecían inclinarse para mirar pasar el barco. Allí el tiempo se volvió lento, contemplativo, y me quedé apoyado en la borda, dejando que el viento me ordenara los pensamientos.

Fiordo Picton

Picton apareció casi sin avisar, recogida y tranquila, y con ella el inicio de la Isla Sur. Recogimos el coche y pusimos rumbo hacia Kaikōura, con esa emoción contenida de quien sabe que el paisaje va a ir creciendo kilómetro a kilómetro.

La primera parada fue para comer en Raupō, un restaurante que apareció como un hallazgo perfecto en mitad del trayecto, cerca de Blenheim, junto al Taylor River. El lugar tenía esa estética cuidada pero sin pretensión, y la comida fue una pausa consciente, saboreada sin prisas, como si el cuerpo también necesitara adaptarse a la nueva isla.

Cerveza en Raupó

De nuevo en la carretera, el paisaje empezó a transformarse. A medida que avanzábamos hacia el sur, el océano comenzó a insinuarse, primero como una presencia lejana y luego como un compañero constante. La carretera se pegó a la costa y, de pronto, apareció el tren, avanzando paralelo al mar, como si alguien hubiera decidido coreografiar aquel tramo para el viajero.

Mujer en via de tren

Empezamos a detenernos sin plan previo. Una playa, unas rocas, un claro desde el que el Pacífico se extendía en silencio. En varias de esas paradas bajamos del coche y caminamos hacia la orilla. Allí estaban las focas, tumbadas sobre las rocas con una naturalidad absoluta, indiferentes a nuestra fascinación.

landscape Montains on the way to Kaikoura

Al fondo, cerrando la escena, se alzaban montañas con las cumbres aún nevadas, una imagen que parecía cuidadosamente compuesta, demasiado perfecta para no detenerse a mirarla con calma. Mar, fauna salvaje, tren, montaña. Todo en un mismo encuadre, como si la Isla Sur hubiera decidido presentarse sin rodeos.

Beach on Pacific Ocean NZ

Llegamos a Kaikōura cuando la luz empezaba a suavizarse. Nos alojamos en el Bella Vista Motel, sencillo y cómodo, justo lo que necesitábamos tras un día largo y lleno de estímulos. Dejamos las cosas, respiramos hondo y entendí que algo había cambiado. El viaje ya no era solo movimiento; era contemplación.

Aquella noche me fui a dormir con el sonido del océano aún rondándome la cabeza y la sensación clara de haber entrado en otro capítulo de Nueva Zelanda, uno más salvaje, más abierto, más esencial.

De focas en la arena a lagos de otro color

Salimos de Kaikōura temprano, con el aire aún frío y el mar desperezándose a nuestra espalda. Apenas habíamos avanzado unos minutos cuando, casi como una despedida improvisada, aparecieron varias focas tumbadas directamente sobre la arena.

Raquel me pidió parar y no hizo falta insistir. Bajamos del coche y allí se quedó, sorprendida, acercándose con cuidado, haciendo fotos, todavía incrédula ante la naturalidad con la que aquellos animales compartían el espacio. Verlas tan cerca, sin vallas ni artificios, fue uno de esos momentos que no se buscan y por eso se recuerdan.

Retomamos la ruta y paramos a desayunar en Harris Farms, en Cheviot. El lugar tenía ese aire honesto de los sitios que hacen bien lo que hacen. Mientras desayunábamos, nos explicaron su labor trabajando con productos locales, cuidando el origen y el proceso. Fue un alto sencillo, pero con contenido, de los que alimentan algo más que el cuerpo.

La carretera que vino después fue, sin exagerar, una de las más bonitas del viaje. La grabé con la GoPro en el techo del coche, dejando que la primavera hiciera lo suyo: verdes intensos, colinas abiertas y esa sensación de amplitud que solo aparece cuando el paisaje no necesita adornos. Conducir allí era casi una forma de meditar.

Más adelante hicimos otra parada inesperada, esta vez para observar una manada de ciervos en Ardleigh Farm, de la familia Hudson.

Los animales se movían con calma, como si el tiempo tuviera otra densidad en ese lugar. Nos quedamos unos minutos en silencio, simplemente mirando.

La llegada al lago Tekapo fue uno de esos golpes visuales que obligan a detenerse. La ruta escénica que nos llevó hasta allí parecía diseñada para preparar la mirada. El color del agua, casi irreal, contrastaba con las montañas y el cielo abierto. Fue allí donde me di cuenta, con cierta tristeza, de que en el parabrisas había quedado el rastro de un pequeño pájaro atropellado. Un detalle mínimo, pero suficiente para recordar que incluso en los paisajes más perfectos, el viaje también deja huellas.

Tekapo Iglesia del Buen Pastor Montañas nevadas en Tekapo

Cerca del lago, hice varias fotos de Raquel frente a la iglesia del Buen Pastor, recortada contra el paisaje como un símbolo de quietud y proporción. Todo allí parecía estar en su sitio, sin exceso.

Tekapo Mountains

Seguimos después por Pukaki Ward, con el lago Pukaki acompañándonos, ese azul lechoso que parece no agotarse nunca.

Lago Pukaki

El día iba cayendo despacio cuando llegamos a Twizel y nos alojamos en el High Country Lodge, Motels & Backpackers. El cansancio era del bueno, el que se mezcla con la satisfacción de haber cruzado otro fragmento esencial del país.

Aquella noche, rodeado de silencio y de espacio, entendí que la Isla Sur no se recorría, se absorbía poco a poco.

Entre aguas perfectas y tierras abiertas

El día empezó sin prisas en Twizel, con la promesa tranquila de no tener que correr. Desayunamos en la piscifactoría de salmón de la zona, un lugar tan funcional como honesto. Allí probé el mejor sashimi de salmón de mi vida, fresco hasta el punto de parecer recién inventado. Textura limpia, sabor puro, sin necesidad de adornos. Con la energía restablecida y el ánimo en su sitio, volvimos a la carretera.

Nos adentramos en el distrito de Mackenzie, una extensión abierta donde el paisaje se estira sin obstáculos. Colinas suaves, cielos amplios y esa sensación constante de estar atravesando un territorio que no necesita explicaciones.

En un momento dado cruzamos una finca privada donde el acceso se resolvía con un gesto de confianza: dejar algo de dinero en un buzón y continuar. Más adelante aparecieron unas formaciones montañosas inesperadas, conocidas como los Clay Cliffs, a las que algunos llaman los Peines. Caminamos sobre ellas, entre crestas erosionadas y líneas imposibles, como si el terreno se hubiera detenido a medio hacer.

Desde allí continuamos hacia Omarama y afrontamos después el paso de Summit, donde la carretera vuelve a ganar altura y el paisaje se reorganiza una vez más.

Sumit

Cada curva parecía una transición silenciosa hacia otro escenario.

El almuerzo nos esperaba en Cromwell, en The Stoaker, y fue una sorpresa mayúscula. Allí la comida se cocina a la brasa dentro de antiguas barricas de vino, un método tan peculiar como efectivo. El resultado fue intenso, profundo, con ese sabor limpio que solo da el fuego bien entendido. Comimos increíblemente bien, conscientes de que aquel almuerzo elevaba todo el día.

Con el estómago satisfecho y el ánimo alto, retomamos la ruta.

El río Kawarau apareció crecido, encajado en su garganta, avanzando con una fuerza hipnótica que nos acompañó durante varios kilómetros. El contraste entre el agua turquesa y las paredes de roca hacía imposible no detener la mirada.

La carretera nos llevó finalmente hasta Queenstown, donde nos alojamos en el Melbourne Lodge. Dejamos el coche y salimos a pasear, todavía con algo de luz, para dejarnos envolver por el ambiente del pueblo. Caminamos hasta el muelle justo a tiempo para ver entrar el ferry de vapor, avanzando despacio, como una postal en movimiento.

Recorrimos algunas tiendas sin rumbo fijo y el cansancio empezó a hacerse notar. A media tarde hicimos una merienda sencilla pero definitiva: mi dulce favorito, un éclair, suficiente para dar por cerrado el día. Perdimos la cena sin remordimientos y volvimos al alojamiento a descansar.

Aquella noche, Queenstown se quedó al otro lado de la ventana. Yo me dormí con la sensación de haber atravesado un territorio amplio y generoso, como si el día hubiera contenido varios viajes en uno solo.

Donde el paisaje lo dijo todo

Aquel día no necesitó presentación. Desde el primer kilómetro supe que estaba a punto de ver algunos de los mejores paisajes de mi vida. Salimos de Queenstown siguiendo el lago Wakatipu, y la carretera empezó a desplegarse como una sucesión de miradores naturales, uno tras otro, sin dar tregua.

Nos detuvimos en Bobs Cove Track, donde el agua se recogía en una calma casi irreal y el entorno invitaba a bajar el ritmo. Caminé un poco, respiré hondo y entendí que allí no había nada que mejorar.

Bobs Cove Track

Seguimos avanzando hacia Glenorchy, parando en cuantos miradores el cuerpo pedía. Montañas afiladas, el lago extendiéndose como una lámina viva y una sensación constante de estar dentro de una imagen que se resiste a ser capturada del todo.

Mujer junto lago

Glenorchy apareció sereno, recogido, casi tímido frente a la grandeza que lo rodea. No hizo falta más que caminar un poco y mirar alrededor para sentir que habíamos llegado a un lugar especial.

Camino a Glenorchy

Lago y Montañas nevadas

Deshicimos el camino de vuelta a Queenstown y continuamos hasta Arrowtown. Allí bajamos el ritmo de nuevo, caminando por sus calles, entre casas bajas y detalles que conservan el pulso del pasado. Fue un paseo tranquilo, de los que se disfrutan sin reloj.

Arrowtown

La carretera volvió a elevarse al cruzar un puerto de montaña recién nevado rumbo a Wānaka. El contraste entre la nieve reciente y el cielo limpio daba al paisaje una claridad casi cortante. Al llegar al lago, me acerqué a ver su árbol, solitario y perfectamente situado, como si alguien lo hubiera dejado allí a propósito.

puerto de montaña y mujer

Árbol Wanaka

De regreso, hicimos una última parada en Cardrona. Allí se encuentra el conocido Bra Fence, un monumento improvisado que comenzó como un gesto espontáneo y terminó convirtiéndose en un símbolo ligado a la concienciación sobre el cáncer de mama. Sujetadores de todos los colores colgaban junto a la carretera, formando una escena inesperada y cargada de significado. Muy cerca, el antiguo Cardrona Hotel mantenía intacto su aire detenido en el tiempo.

Volvimos finalmente a nuestro alojamiento en Queenstown con la sensación de haber agotado la capacidad de asombro por ese día. Paisajes imposibles, carreteras que no pedían prisa y la certeza de que algunas imágenes ya se habían quedado para siempre.

De madrugada hacia el fiordo

Tras la última noche en Queenstown, salimos muy temprano, alrededor de las cuatro de la madrugada. La carretera hacia Milford Sound tenía algunos tramos cerrados y debíamos llegar antes de las once para embarcar en el ferry que recorre el fiordo. No era una salida cualquiera: el día venía marcado por el reloj y por la necesidad de adelantarse al camino. A esa hora, Nueva Zelanda era un territorio casi vacío. Condujimos en silencio, acompañados únicamente por la luz de los faros y la línea blanca que se iba desplegando ante nosotros, como si el país aún estuviera dormido.

Ovejas en NZ

Un desayuno y un encuentro en Te Anau

Al amanecer llegamos a Te Anau y paramos a desayunar. El pueblo comenzaba a desperezarse con calma, ajeno a nuestra urgencia. En el local conocimos a Karma, un guía como yo, aunque con una diferencia fundamental: él hacía esa misma ruta cada día.

Paisaje Sur NZ

Conducía una furgoneta de nueve plazas llena de turistas y se notaba que conocía el camino al detalle. Aproveché para preguntarle por el estado de la carretera y pedirle algunos consejos.

Hablaba con la serenidad de quien ya no necesita comprobar nada. Al despedirnos, me dijo que si quería lo siguiera. Sonreí y decliné la oferta. Conducía como las balas y a nosotros nos apetecía otro ritmo, uno más atento al paisaje, más dispuesto a detenerse.

La carretera como viaje

Y el paisaje no tardó en exigirlo. Tras dejar atrás Te Anau, la carretera se abre primero en los amplios valles del Eglinton, con praderas extensas, ríos tranquilos y montañas lejanas que parecen sostener el cielo. Allí el mundo se ensancha y la mirada descansa. Paramos varias veces, simplemente porque era imposible no hacerlo.

Milford Sound road

Más adelante, el valle se estrecha y el bosque toma el relevo. Los Mirror Lakes aparecen casi sin avisar, pequeños y oscuros, reflejando las montañas circundantes con una precisión delicada. Un poco después, el lago Gunn ofrece una pausa distinta, recogida, rodeada de árboles altos y silencio húmedo. Caminamos un rato, hicimos fotos y dejamos que el tiempo se estirara.

mirror lake

La ruta continuó hacia The Chasm, donde el agua ha ido tallando la roca durante siglos. El río avanza encajonado, ruidoso, creando pasillos pulidos que contrastan con la quietud del bosque. Cada parada añadía una capa nueva al viaje, como si el camino quisiera mostrarse en todas sus formas antes de llegar al destino.

Río

Nieve antes del túnel

Poco antes del túnel, el paisaje se volvió más severo. Las paredes se elevaron casi verticales y, sin previo aviso, empezó a nevar. Una nevada intensa, casi espectacular, con copos grandes cayendo con decisión. La carretera se volvió blanca en cuestión de minutos y el entorno adquirió una belleza difícil de explicar. Fue un regalo breve y concentrado, que duró hasta poco antes de descender hacia el nivel del mar, donde la nieve se transformó de nuevo en lluvia.

El túnel fue un umbral abrupto, oscuro y húmedo, excavado directamente en la montaña. Al salir, Milford Sound apareció de golpe, sin transición posible.

Milford Sound desde el agua

Aparcamos y fuimos los últimos en embarcar, literalmente a un minuto de que el ferry zarpara. El barco resultó ser una sorpresa agradable: amplio, cómodo, con café y chocolate caliente disponibles durante todo el recorrido, como si alguien hubiera entendido perfectamente lo que necesitaba el viajero tras una mañana así.

Subimos a cubierta y el fiordo empezó a desplegarse poco a poco. Montañas que caen a plomo sobre el agua, paredes verticales cubiertas de vegetación y cascadas que surgían de la nada. Navegamos hacia el Mar de Tasmania acompañados por esa sensación de insignificancia que no abruma, sino que ordena.

Milford Sound

El agua oscura, el cielo cambiante y la escala del lugar hacían innecesario cualquier comentario. A la vuelta, el fiordo se dejó recorrer de nuevo con la misma solemnidad, como si quisiera asegurarse de que no olvidáramos nada.

Milford Sound

El kea y el regreso a Te Anau

 

De regreso a Te Anau, ya con la luz cayendo, apareció uno de los encuentros más inesperados del día. Conocimos al kea, el único loro alpino del planeta. Inteligente, juguetón y descaradamente curioso, se subió al techo de nuestro coche, inspeccionándolo con total desparpajo. Nos hizo reír, nos obligó a detenernos y nos recordó que en Nueva Zelanda la naturaleza no siempre se observa desde lejos; a veces se acerca sin pedir permiso.

Cena sin pretensiones

Paisaje ocre en NZ

Llegamos finalmente al motel Anchorage. Tras aparcar el coche y dejar las cosas, salimos a cenar a un restaurante italiano cercano. Allí conocimos a una mujer indígena, divertida, llena de energía, con tatuajes tribales que parecían contar historias por sí solos. Compartimos risas, comentarios espontáneos y un ambiente relajado que compensó con creces una pizza mejorable. No fue una gran cena, pero sí un gran cierre para el día.

Un abrigo olvidado y una decisión inesperada

La mañana empezó con una pequeña revelación doméstica: el abrigo se había quedado en el hotel de Queenstown. No era un detalle menor, y menos en el sur de Nueva Zelanda. Tras llamar y confirmar que seguía allí, decidimos hacer un alto en el camino. No era un desvío caprichoso: Queenstown quedaba de paso hacia nuestro destino final, Franz Josef. Agradecimos la ayuda, recogimos el abrigo y retomamos la ruta, como si el viaje nos hubiera concedido una segunda oportunidad para mirar.

De nuevo por el Crown Range Road

Por tercera vez cruzamos el Crown Range Road, el puerto de montaña que conecta Queenstown con Wānaka. Esta vez la nieve ya se había derretido y el paisaje mostraba otra cara, más abierta, menos dramática, pero igual de sugerente. No paramos a saludar al famoso árbol del lago, pero el día nos tenía reservado otro regalo.

El viento y la inmensidad del lago Hāwea

lago Hāwea

El lago Hāwea apareció de repente, amplio, desbordado de luz y movimiento. El viento corría con fuerza, levantando el agua y dibujando texturas cambiantes sobre la superficie. A pesar del viento, o quizá gracias a él, fue uno de los lugares más bonitos que he visto en mi vida. Nos detuvimos allí un buen rato, simplemente observando, dejando que el paisaje hiciera su trabajo sin necesidad de palabras.

 

Almuerzo en Hawea Store & Kitchen

El hambre terminó por imponerse y paramos a almorzar en Hawea Store & Kitchen. Una hamburguesa contundente, acompañada por un cartucho de patatas fritas tan generoso como inesperado, fue justo lo que necesitábamos. Comida sencilla, sin pretensiones, perfecta para seguir en carretera.

Lago Hawea

Cascada

Continuamos después hacia el Mount Aspiring National Park. El entorno se volvió más húmedo, más verde, más vertical. Nos detuvimos en varios senderos cortos para ver cascadas que caían con decisión entre la vegetación, recordándonos que aquí el agua es parte del paisaje, no un accidente. Caminatas breves, miradas largas y la sensación constante de estar atravesando un territorio que se ofrece sin alardes.

El encuentro con el Mar de Tasmania

La llegada al Mar de Tasmania marcó otro cambio de registro. El interior montañoso quedó atrás y el océano apareció abierto, poderoso. Paseamos por la reserva de Tauparikaka, dejando que el sonido del mar y el aire salino reajustaran el cuerpo después de tantas horas de carretera. Fue un final de día tranquilo, casi ceremonial.

Playa en el mAr de Tasmania

Playa Mar Tasmania NZ

Frente al glaciar

Llegamos finalmente a nuestro alojamiento con vistas directas al glaciar, el Glacier View Motel. Desde allí, el paisaje se imponía incluso sin moverse del sitio. Dejamos el coche, entramos en la habitación y miramos hacia fuera, conscientes de haber cruzado montañas, lagos, viento y mar en una sola jornada.

Aquel día terminó con una certeza silenciosa: el viaje seguía ampliándose, no en kilómetros, sino en capas. Y la Isla Sur, una vez más, había vuelto a cambiar de rostro.

Ese día pasó algo pequeño pero se me quedó grabado

Lago Mapourika

A los pocos minutos de salir del motel, sin previo aviso, apareció el lago Mapourika. Paramos casi por inercia y entonces lo vi: un arco iris, limpio, plantado justo frente al embarcadero.

No era espectacular por exceso, sino por oportunidad. Estaba ahí, exacto, como si hubiera salido a despedirse. Fue la primera de muchas paradas en una ruta que ya se anunciaba generosa.

Lagos que se despiden sin hacer ruido

La siguiente fue el lago Matheson, el llamado lago espejo. El reflejo estaba ahí, casi obediente, duplicando el paisaje con una precisión que parecía ensayada.

Lago Matheson

Antes de continuar, fijé la GoPro en el techo del coche. Algo me decía que el tramo que venía merecía ser guardado entero, sin cortes.

go Pro on Car

Cruzamos el río Whataroa y seguimos avanzando entre verde y agua, hasta llegar a Harihari.

Río Whataroa

Allí paramos a tomar un chocolate caliente, uno de esos altos sencillos que no se planean pero que se agradecen.

Chocolate caliente

Al volver al coche ocurrió otra de esas escenas mínimas que se quedan: una especie de gallina salvaje se acercó, caminando a su aire, como si estuviera jugando conmigo. Solo después supe que no era una gallina, sino una weka. En Nueva Zelanda, incluso lo inesperado tiene nombre propio.

La costa vuelve a llamar

Volvimos a encontrarnos con el Mar de Tasmania en la playa de Hokitika. Caminamos por la arena, hicimos fotos y, cómo no, pasamos por su famoso sofá, colocado allí como un gesto absurdo y perfecto frente al océano. Un objeto doméstico plantado ante algo inmenso, como si no hubiera contradicción alguna.

Sofa de Hokitika Beach

Cruzando los Alpes del Sur

Desde ahí, el viaje cambió de registro. Nos adentramos en el Arthur’s Pass National Park por la SH73 y el asombro empezó a repetirse en cada parada.

El Otira Viaduct apareció suspendido en el paisaje, una obra precisa atravesando un territorio que no se deja dominar fácilmente.

Otira Viaduct Lookout

Más adelante, el Castle Hill Basin, en el valle del río Waimakariri, nos obligó a bajar del coche otra vez. Rocas, amplitud y una sensación de espacio que no cabía en las fotos.

Valle del río Waimakariri

Una ciudad para cerrar el círculo

Llegamos a Christchurch ya con la luz cayendo y nos alojamos en el Southwark Hotel, céntrico, práctico y con una habitación diminuta, de esas en las que la maleta hay que colocarla con cierta estrategia. La dejamos donde pudimos y salimos a disfrutar del día de Halloween en el mercado de Riverside, animado, lleno de gente, con ese aire festivo que contrasta con la serenidad de los días de carretera.

Después visitamos la catedral, la catedral de Cartón, subimos al tranvía y dejamos que la ciudad se nos mostrara sin exigir demasiado. Era una jornada de transición, de cierre suave.

Volvimos a descansar sabiendo que al día siguiente tocaría Orana Wildlife Park y, después, el aeropuerto. El viaje por Nueva Zelanda se acercaba a su fin, pero todavía no se había ido del todo. Aún estaba ahí, acompañándonos, como un paisaje que tarda en desaparecer del retrovisor.

Si te ha gustado este viaje, en youtube: SaviturConToon tienes mucho contenido que visualizar.

Mi viaje anterior a Nueva Zelanda