El alma del destino … los guías.

alma del destino … los guías.

Lula, guía de México

Lula, Guía de México (Haz Click en la foto)

Cuando abro un destino nuevo y llego al aeropuerto de entrada, tras recoger las maletas, me asalta la misma pregunta: ¿Cómo será el o la guía de este lugar?

Muchas veces, al viajero le preocupa si su hotel es céntrico, confortable, si el autobús es moderno o si las comidas no son demasiado exóticas.

Sin embargo, pocas veces reflexiona sobre la importancia de la persona que le mostrará el país: ¿Será empática? ¿Estará preparada? ¿Tendrá un buen nivel de castellano? ¿Sabrá organizar los tiempos y la ruta del día para maximizar la experiencia?

A lo largo de mi carrera he conocido a muchos guías, y puedo decir que algunos se han convertido en amigos tras años de compartir una semana tras otra en un autobús.

¿Todos son maravillosos? No. Pero cuando encuentro uno que se implica en su trabajo, procuro cuidarlo y hacerle la vida fácil.

Porque un grupo puede perdonar un hotel regular o una comida mediocre, pero un guía pésimo puede arruinar meses de preparación en solo un par de días.

Una experiencia inolvidable

Recuerdo un caso particular, un «garbanzo negro» en Siria, cuyo nombre prefiero no mencionar.

Este guía no solo carecía de las mínimas condiciones necesarias, sino que, al despedirse en la frontera con Jordania, lo hizo de malas formas.

El grupo, a pesar de todo, le dio una propina aceptable. Con descaro, contó el dinero frente a los clientes y les recriminó su «poca generosidad».

Le llamé severamente la atención, pero antes de irse dejó instrucciones en la aduana siria que complicaron mi salida.

Cuando entregué los pasaportes del grupo al agente de aduanas, éste insistía en que faltaba uno, aunque había 50.

Tras varios intentos, entendí el problema: un billete de 50 dólares solucionó milagrosamente el «error».

Sin embargo, al intentar subir al autobús, el policía me informó que debía cruzar a pie los 5 kilómetros de tierra de nadie entre Siria y Jordania, bajo un sol abrasador de más de 40 grados. Mis viajeros tuvieron que esperarme al otro lado de la frontera.

Esta experiencia es, sin duda, la excepción que confirma la regla.

La mayoría de los guías que he conocido son verdaderos embajadores de sus países, personas que dejan a su familia y entorno para esforzarse al máximo por ofrecer una experiencia inolvidable.

Rostros inolvidables

A lo largo de los años, muchos nombres y rostros han quedado grabados en mi memoria.

No tengo espacio suficiente para mencionarlos a todos, pero aquí van algunos que representan la excelencia en su profesión:

  • Carlos Quintero: Me enseñó a contemplar el horizonte y los cielos infinitos de Roma.
  • Yankele Mitrani: Mi amigo. Me recordó que la vida es un puente angosto y lo más importante es no tener miedo.
  • Nela: En la Ruta de la Seda, nos habló de la oveja del desierto del Kizil Kum mientras hacíamos paradas improvisadas en Uzbekistán.
  • Edy: En Uganda, pedía disculpas a cada bache en el camino, reflejando su bondad y esfuerzo.
  • Olek: Un gigante polaco con alma de niño.
  • Yuka: Una japonesa que, contra todo estereotipo, adoraba los abrazos y se detenía a admirar flores al borde del camino.
  • Rosa: Periodista que explicó como nadie los intrincados secretos de la antigua Yugoslavia.
  • Levent: Su visita a Göbekli Tepe y su gusto por la gastronomía turca dejaron huella en mi alma.
  • Moises: En Egipto, congregaba a los viajeros con su icónica frase: «Bueno, bueno, bueno, habibis.»
  • Amir: En Irán, sus explicaciones en el mausoleo de Hafez se asemejaron a una experiencia espiritual.
  • Lula Quintero: Un ejemplo de resiliencia y pasión, capaz de transmitir el alma de los destinos con una energía que ilumina cualquier viaje.
  • Doan: te enseña Vietnam a través de los sentidos. Viajar junto a el, es una muestra de que la energía no se agota cuando alguien hace con pasión su trabajo.

Podría seguir con una lista interminable, pero cierro con un agradecimiento infinito a todos aquellos que no he mencionado y que han enriquecido mi vida y la de mis viajeros.

Reflexión final

Los guías son el alma del destino. Son ellos quienes transforman un lugar en una experiencia y quienes, con su esfuerzo y pasión, crean recuerdos imborrables. A todos ellos, gracias por su dedicación.

La soledad en la profesión de guía acompañante

La soledad en la profesión de guía acompañante

Ser guía acompañante es una profesión que nos permite descubrir el mundo, compartir experiencias con personas de diferentes culturas y generar recuerdos inolvidables para nuestros viajeros.

Pero también tiene una parte menos visible: la soledad que acompaña muchas veces a los que nos dedicamos a esto. Una soledad que no necesariamente es triste, sino reflexiva y en ocasiones profundamente reveladora.

Momentos de soledad y reflexión

Anden estación Arezzo

Estación de Arezzo

Recuerdo una madrugada en una pequeña estación de tren en Arezzo (Italia). Acababa de terminar de guiar un grupo por la ruta de San Francisco de Asís y tenía que salir temprano a Roma para tomar un vuelo a París y encontrarme al día siguiente con otro grupo.

Esperaba el primer tren que me llevaría a mi destino. La frialdad del andén contrastaba con la calidez de las expectativas.

Habitación de hotel en París

Cuando llego a mi habitación, toca preparar la siguiente jornada.

Esa noche, en un hotel muy básico cerca de la Gare du Nord, no dormí repasando mis apuntes para explicar generalidades sobre Francia. Aunque estaba solo, me sentía rodeado por las historias que estaba a punto de contar y por la esperanza de conectar con el nuevo grupo.

Grupo en Tanzania

El cariño de quienes te acompañan es el fruto de nuestro trabajo

Retos personales en la profesión

En Perú, una vez tuve que lidiar con un caso complicado de salud en el grupo. Una clienta sufría de mal de altura y deshidratación.

Llamé al médico, y después de atenderla, me di cuenta de que yo también estaba al borde del colapso.

Volante médico

La falta de oxígeno y el agotamiento hicieron mella en mí. Me tumbé en la cama, incapaz de seguir, mientras el médico también me atendía. Una situación irónica: el guía que cuida de todos también necesita cuidado.

La pérdida y la naturaleza como consuelo

En otra ocasión, también en Perú, recibí una noticia que me marcó profundamente. Mi padre, quien compartía mi profesión, había fallecido en México mientras guiaba a su grupo.

Aquella tarde llovía en Machu Picchu. Me refugié en el porche de mi habitación, observando a los colibríes que danzaban bajo la lluvia, ajenos a mi pena.

La belleza del mundo me recordaba que, incluso en los momentos de mayor tristeza, la vida sigue ofreciendo motivos para maravillarse. Eso si, no tenía ánimos para fotos… y sentía ceniza en las tripas…

Compromiso con la profesión y la familia

Otro episodio que quedó grabado en mi memoria fue cuando viajé a Kenia y Tanzania mientras mi hijo estaba hospitalizado tras superar una muerte súbita. Lo tuvieron que operar para implantarle un DAE.

Aún estaba en el quirófano cuando partí. Su madre me llamó justo antes de embarcar para decirme que todo había salido bien.

Abuela con nieto en el hospital

Toon Jr. con su abuela Lina tras la operación

Al día siguiente, yo explicaba la migración de los ñus en el Serengeti, con el corazón dividido entre mi familia y mi compromiso profesional.

Paisaje de Masai Mara

Paisaje de Masai Mara

Reflexiones finales

Estas historias no son únicas ni excepcionales. Cada guía tiene su propio compendio de momentos de soledad, retos personales y descubrimientos íntimos lejos del bullicio de los grupos.

Son historias que nos hacen humanos, que nos conectan con quienes acompañamos y que, a pesar de la distancia, nos recuerdan la importancia de lo que hacemos.

Ser guía acompañante es más que conocer destinos y organizar itinerarios. Es convivir con la soledad, encontrar fuerza en la adversidad y apreciar la belleza en medio del caos. Es una profesión solitaria, pero siempre llena de humanidad.

Café en París

Café en París antes de salir para el aeropuerto para recibir a mi grupo

 

Historias vietnamitas, 4ª parte

Vietnam

Relato en clave de humor, de un viaje, cuando este país se abría al turismo. Nada que ver con la actualidad. Aunque entonces viajar allí, tenía otro sabor llamado aventura.

El corazón del espíritu de Vietnam

Y nos fuimos de Son La a Dien Bien Phu. Lugar situado en un valle bellísimo donde los franceses en un titánico esfuerzo por defenderse del Vietcom construyeron un fuerte y allí los masacraron dando lugar a su retirada y a la entrada en la guerra de los EE.UU.

Vietnam

Puentes en la Selva

El Sr. Tung, es un hombre bajito, de edad avanzada y robusto (para ser vietnamita). No he visto a un solo obeso en mi viaje.

Micrófono en mano, comenzó a relatarnos con pasión cómo él y sus compañeros trasladaron las piezas de artillería por las montañas, con ruedas de bicicletas o simplemente arrastrándolas.

Muriendo muchos de sus amigos reventados de puro agotamiento. Una vez, llegaron al valle, cavaron un tunel de 40 km, hasta situarse bajo el fuerte y situando una carga de dinamita tremenda.

Volaron el fuerte y comenzaron a bombardear masivamente al resto del ejército francés.

El éxtasis del guía.

En ese momento el Sr. Tung, completamente transportado en el tiempo, «se parte la camisa» al más puro estilo calé, mostrando todas sus cicatrices de los fragmentos de metralla.

Empieza a explicarnos con pleno detalle y gran satisfacción personal como degollaba a los moribundos, dejando sus cuerpos sin enterrar (máxima ofensa según los esquemas vietnamitas) para alimentar a los buitres.

Cuando terminó su explicación:

¿Alguna pregunta?

Yo sí que me hacía una: ¿Habrá llegado la transferencia por Western Unión que me había enviado Mónica para pagar el salario al Sr.Tung?

Como vio que todos atendíamos ese día a sus explicaciones, decidió regalarnos una visita muy especial.

Formando parte del Vietcong

Nos llevó a los túneles y trampas que utilizaba el Vietcom y me utilizó como figurante americano/francés para mostrar tal o cual trampa o tortura.

Me obligó, a meterme en todos los túneles, subirme a árboles y taludes no dudando echarme hojas, ramajes y tierra en lo alto para camuflarme en su clase de guerrilla particular.

El colofón de la visita fue un lugar donde te permitían previo pago, disparar con un M16 o un AK47 a 1 dólar la bala y eso si el muñeco-blanco era un marine (no había otra opción).

Este alojamiento ya es otra cosa.

Y llegamos al hotel y……. ¡era maravilloso! Alrededor de un lago de nenúfares, rodeado de jardines, nos alojábamos en pequeños chalets individuales con todas las comodidades.

Resulta que antiguos combatientes y altas personalidades del partido comunista se alojaban allí para los actos conmemorativos y claro no habían reparado en gastos.

El comedor

Al llegar al comedor, milagro. Mantel y servilletas de tela y cubiertos (no palillos).

La mesa alargada y yo me senté en la presidencia de la misma, dispuesto a vivir el momento, pedí una cerveza.

Cuando trajeron los distintos platos de arroces, carne, etc., pude entender cómo deben comer los monjes cartujos pues ni una voz se oía, después de tres días de ayuno, el raspar del tenedor contra el plato era la única sinfonía.

Todo es cuestión de dialogar.

De repente de la puerta de la cocina que estaba frente a mí, sale muy pausadamente una RATA que de grande que era me dijo o me pareció oír: buenas noches soy su rata personal.

Entonces alcé mis ojos al techo de escayola decorado con motivos chinos del comedor y exclamé como Isaías una oración: ¡

¡Señor!, que no la vean. Pobreticas con lo felices que están comiendo.

Y como San Francisco, otra plegaria: Hermana Rata, ignoro si eres parte de nuestra comida o una visitante ocasional:

¿Te importaría volver a la despensa? Y me escuchó y para los postres mis viudas, ya se habían reconciliado conmigo porque lo que tenían era hambre y no malos sentimientos.

Nos reímos mucho comentando las explicaciones del Sr. Tung e ilusionados esperábamos tomar al día siguiente nuestro avión a la civilización, a Hanoi donde yo tenía que encontrarme con el empleado del Sr. Wuan.

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