La soledad en la profesión de guía acompañante
Ser guía acompañante es una profesión que nos permite descubrir el mundo, compartir experiencias con personas de diferentes culturas y generar recuerdos inolvidables para nuestros viajeros.
Pero también tiene una parte menos visible: la soledad que acompaña muchas veces a los que nos dedicamos a esto. Una soledad que no necesariamente es triste, sino reflexiva y en ocasiones profundamente reveladora.
Momentos de soledad y reflexión

Estación de Arezzo
Recuerdo una madrugada en una pequeña estación de tren en Arezzo (Italia). Acababa de terminar de guiar un grupo por la ruta de San Francisco de Asís y tenía que salir temprano a Roma para tomar un vuelo a París y encontrarme al día siguiente con otro grupo.
Esperaba el primer tren que me llevaría a mi destino. La frialdad del andén contrastaba con la calidez de las expectativas.

Cuando llego a mi habitación, toca preparar la siguiente jornada.
Esa noche, en un hotel muy básico cerca de la Gare du Nord, no dormí repasando mis apuntes para explicar generalidades sobre Francia. Aunque estaba solo, me sentía rodeado por las historias que estaba a punto de contar y por la esperanza de conectar con el nuevo grupo.

El cariño de quienes te acompañan es el fruto de nuestro trabajo
Retos personales en la profesión
En Perú, una vez tuve que lidiar con un caso complicado de salud en el grupo. Una clienta sufría de mal de altura y deshidratación.
Llamé al médico, y después de atenderla, me di cuenta de que yo también estaba al borde del colapso.

La falta de oxígeno y el agotamiento hicieron mella en mí. Me tumbé en la cama, incapaz de seguir, mientras el médico también me atendía. Una situación irónica: el guía que cuida de todos también necesita cuidado.
La pérdida y la naturaleza como consuelo
En otra ocasión, también en Perú, recibí una noticia que me marcó profundamente. Mi padre, quien compartía mi profesión, había fallecido en México mientras guiaba a su grupo.
Aquella tarde llovía en Machu Picchu. Me refugié en el porche de mi habitación, observando a los colibríes que danzaban bajo la lluvia, ajenos a mi pena.
La belleza del mundo me recordaba que, incluso en los momentos de mayor tristeza, la vida sigue ofreciendo motivos para maravillarse. Eso si, no tenía ánimos para fotos… y sentía ceniza en las tripas…
Compromiso con la profesión y la familia
Otro episodio que quedó grabado en mi memoria fue cuando viajé a Kenia y Tanzania mientras mi hijo estaba hospitalizado tras superar una muerte súbita. Lo tuvieron que operar para implantarle un DAE.
Aún estaba en el quirófano cuando partí. Su madre me llamó justo antes de embarcar para decirme que todo había salido bien.

Toon Jr. con su abuela Lina tras la operación
Al día siguiente, yo explicaba la migración de los ñus en el Serengeti, con el corazón dividido entre mi familia y mi compromiso profesional.

Paisaje de Masai Mara
Reflexiones finales
Estas historias no son únicas ni excepcionales. Cada guía tiene su propio compendio de momentos de soledad, retos personales y descubrimientos íntimos lejos del bullicio de los grupos.
Son historias que nos hacen humanos, que nos conectan con quienes acompañamos y que, a pesar de la distancia, nos recuerdan la importancia de lo que hacemos.
Ser guía acompañante es más que conocer destinos y organizar itinerarios. Es convivir con la soledad, encontrar fuerza en la adversidad y apreciar la belleza en medio del caos. Es una profesión solitaria, pero siempre llena de humanidad.

Café en París antes de salir para el aeropuerto para recibir a mi grupo